
La Filarmónica de Santo Domingo asumió con solvencia la Sinfonía n.º 1 “Titán”, de Mahler, bajo la dirección del argentino Luis Gorelik.
Una extensa y sentida ovación a Luis Gorelik y a la Filarmónica de Santo Domingo fue el resultado del concierto del pasado miércoles 8 de julio en el Teatro Nacional donde no solo el público aprobó una ejecución vigorosa de la Sinfonía n.º 1 en Re mayor “Titán” de Mahler: la Filarmónica demostró que puede asumir una obra de gran escala con carácter, Gorelik dejó la imagen de un director que convierte el cuerpo en herramienta expresiva sin perder el control de la arquitectura, y Amaury Sánchez confirmó que un proyecto ambicioso también puede encontrar respuesta en el público.
Mahler no permite esconderse. Su música expone la respiración interna de la orquesta, la calidad de sus balances, la resistencia de sus secciones, la precisión de sus ataques y la capacidad del director para organizar fuerzas que pueden desbordarse con facilidad. Ante ese reto, la Filarmónica respondió con solvencia. Hubo momentos en los que la masa orquestal alcanzó una intensidad poco frecuente en nuestra escena local, especialmente en los grandes clímax del último movimiento, donde los metales y la percusión empujaron la arquitectura mahleriana hacia una zona de enorme tensión.
Sin embargo, el mérito principal no estuvo únicamente en tocar fuerte, sino en sostener la claridad dentro de esa fuerza. Ahí resultó decisiva la presencia de Gorelik: su dirección tuvo un componente histriónico evidente, casi teatral, visible desde la manera en que su cuerpo acompañaba las entradas, marcaba tensiones, anticipaba respuestas y parecía dialogar físicamente con cada sección. Pero esa expresividad exterior no se tradujo en descontrol. Al contrario, lo más interesante de su trabajo fue el contraste entre el fuego gestual y una templanza profunda en el manejo de la orquesta: sereno en las secciones más dulces, volcánico al requerir los ataques más potentes.
El puente entre ambos estadios, una precisión casi de relojería que revela a un director acostumbrado a tratar con grandes masas sonoras. El argentino eligió un camino de intensidad controlada. Permitió que la orquesta respirara con amplitud, pero mantuvo siempre una noción clara de estructura. En los pasajes de mayor densidad, administró los planos con oficio. En los momentos de transición, evitó que la música perdiera continuidad. Y en los grandes ascensos del final supo conducir la tensión sin precipitarla.
Uno de los puntos más reveladores de la interpretación fue precisamente la manera en que la Filarmónica asumió los contrastes de la obra. Destacaron, para quien suscribe, el tercer movimiento, con su extraña marcha fúnebre, que permitió apreciar una zona más irónica y sombría de la orquesta, y el último movimiento, que llevó la noche a su mayor temperatura. La orquesta mostró músculo y resistencia: el final de “Titán” necesita acumulación, memoria y una descarga ganada, no simplemente producida. La Filarmónica llegó a ese punto con una entrega que el público percibió de inmediato. De ahí la ovación, la reacción que pareció decir que la sala entendió el tamaño del reto.
También hay que leer esta noche desde la producción. Amaury Sánchez se anota un éxito importante con esta presentación. Programar “Titán” implica resolver una operación artística, logística y simbólica, convocar una orquesta ampliada, asegurar ensayos suficientes, traer una batuta invitada de peso y confiar en que el público responderá a una obra de gran formato. Esa decisión habla de una visión de crecimiento. Una orquesta no se desarrolla solo con conciertos atractivos, sino cuando acepta repertorios que la obligan a subir la vara.
Otra ovación.
Sorpresas
La presentación del “Mahler” es el preámbulo de una intensa programación para el resto de 2026.
