
Las bodas de Fígaro, la famosa ópera de Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo Da Ponte creada en tiempos pre-Revolución Francesa, pudiera retratar perfectamente a los “nuevos líderes” de hoy. Cambiemos el palacio por una oficina blindada, el privilegio feudal por una cuenta verificada o el derecho de pernada por el abuso normalizado de quien tiene dinero, audiencia o contactos.
El Conde Almaviva, el antagonista de su historia, sigue entre nosotros: no usa peluca; a veces habla de orden, meritocracia, tradición o seguridad desde sus redes sociales, con palabras subidas de tono y abundancia de improperios porque son “la voz del pueblo”, mientras convierte a los demás en piezas de su tablero.
Mozart y Da Ponte entendieron hace 240 años algo que el siglo XXI viene confirmando: el poder empieza a corromperse cuando deja de escuchar y cuando exige lealtad y respeto sin ofrecerlo. Por eso, Susanna y la Condesa, los personajes femeninos de la obra, siguen siendo las figuras más modernas de la ópera. No derriban el sistema con discursos inflamados ni se contagian de la brutalidad del Conde. Lo desarman con inteligencia, alianza, humor y una capacidad decisiva: obligarlo a mirar el daño que ha causado.
En tiempos de “nuevos líderes” y “offsiders” que venden soluciones simples para sociedades complejas, de algoritmos que premian la rabia y de discursos extremos que convierten al discrepante en enemigo, Fígaro plantea una pregunta incómoda: ¿qué clase de país construimos cuando admiramos el verbo altisonante, pero despreciamos la empatía?
Eso es lo que vuelve a Las bodas de Fígaro tan actual luego de más de dos siglos de su estreno: Mozart no nos habla de un cambio abstracto y nos advierte que, si queremos sociedades más justas, necesitamos relaciones que valoren el respeto y el honor. En pleno siglo XXI, entre discursos de mano dura, polarización permanente y líderes convertidos en marcas personales, Fígaro propone una rebelión más difícil: conservar la inteligencia, la solidaridad, la empatía y la capacidad de no parecerse a quien abusa.
La lección de Mozart sigue siendo radical. Las democracias no se salvan únicamente desde mensajes en X, videos en Instagram o TikTok o lives en YouTube. También se salvan cuando aprendemos a relacionarnos sin ofender, a disentir sin deshumanizar y a no entregar nuestra conciencia a quien promete resolverlo todo.
