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Poemas de Ramón Perdomo

Poemas de Ramón Perdomo

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Nuestro invitado de esta semana en “Espejo de tinta” es Ramón Perdomo (nacido el 9 de marzo de 1956 en Santo Domingo), un destacado periodista, locutor, escritor y gestor cultural radicado en San Pedro de Macorís desde 1966.

Durante las décadas de 1970 y 1980 tuvo una activa participación en la poesía coreada, dirigió el Grupo Cultural Batey, y fue secretario general del Círculo de Jóvenes Escritores Pedro Mir; asimismo, se vinculó a las luchas sindicales como fundador del SUTIP. En el ámbito comunicacional, ha sido director de espacios noticiosos y relacionador público de instituciones como el Ayuntamiento de San Pedro de Macorís y la Universidad Central del Este, y posee estudios internacionales en Cuba, Ecuador y Perú en producción de TV y comunicación. Su producción literaria e histórica abarca poemarios como Trises del recuerdo, Íntimo y Silencio del olor, además de ensayos históricos sobre la identidad y los poetas de Macorís del Mar.

Creo que fue en una actividad del Pabellón de Autores Dominicanos de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo donde conocí a Perdomo; su mirada bonachona, su don de gente y su poesía hicieron que nos acercáramos en una amistad que, aunque distante, ha dado sus frutos, y la muestra poética que presentamos hoy habla de un hombre con ganas de decir y gritar su sentido de mundo. Precisamente, su obra poética refleja la sensibilidad de un creador profundamente marcado por el paso del tiempo, el arraigo cultural y la introspección existencial, donde a través de una lírica de tono nostálgico y reflexivo, el autor se sumerge en la melancolía, el peso de los años, el dolor del desarraigo y la búsqueda de la trascendencia. La naturaleza, el mar y la noche actúan como escenarios fundamentales donde el alma humana confronta sus propias pérdidas, culpas y la inevitable finitud, transformando la desolación en una suerte de oposición poética que aspira a la eternidad mediante una escritura de autenticidad conmovedora y de un compromiso inquebrantable con la expresión del ser interior.

Debimos irnos
Lejos, bien lejos
mil millas más allá del horizonte,
donde el color cobrizo se derrite sobre el mar
y las olas trepan nubes multiformes.

Más lejos que al final del mundo
-doblando a la izquierda-
donde la luna desova
con sus cuernos ovalados
noches románticas
y las letras de una canción.

Debimos llegar allá
doce horas antes del lustro anunciado
y la primavera que no vino,
ese era el compromiso develado:
Atar la mirada a un barco,
-mano levantada hacía la proa-
sostener el sombrero contra la brisa,
entrecruzar arcoíris de sueños centenarios,
sin mirar atrás.

Volver la vista: es un compromiso descreído,
más bien, un regreso anhelado,
es por ello que el camino no se hace a la reversa
si no, el sol arrugando las frentes hasta tostarlas.

Debimos irnos
media hora después de la cuaresma,
la mula estaba preparada
repleta la montura de días muertos,
para irlos dejando como abono al camino.

Lejos, bien lejos debimos irnos
Indiferentes a los pies hinchados,
pasos mudos olientes a madrugada,
y las huellas hundidas en el silencio.

Cristal nocturno
El sudor de la noche rodaba
en las enredaderas,
al fondo del patio,
el silencio detuvo la música estridente.

Ni una estrella,
ni la luna
ni el lucero se opusieron a la oscuridad
así la evocación de un verso a las tinieblas.

La noche lamía sombras al otoño,
una llovizna leve resaltó el talán del campanario,
anunciando el ave María a la hora acordada.

Cada hoja era un espejo ondulante,
sostenían el alma espantada del grillo adormecido,
una nota perdida entre el horizonte,
un diapasón peregrino callado
y la mirada refulgente del cocuyo
como un canto desvanecido
en una copa de vino.

La serenidad de las horas,
condujo dos almas separadas
tras el aliento profundo
del húmedo cristal de las ventanas.

Entonces seré ceniza
Si se negara el suelo
acogerme en sus fauces,
alguna llama aparecerá
abrazada a la brisa,
para hacer cenizas mis huesos.

Apagado el fuego solidario,
mi cuerpo no será cuerpo
sino efluvio de otros días lluviosos acicalados de tristezas
y lágrimas furtivas.

Andaré día y noche por caminos infinitos
iré entre el polen y las hojas secas,
abandonando la rutina que me estruja.

Las mariposas serán el sendero del arcoíris y mi ser,
seguirá emitiendo versos insondables.

Entonces,
el suelo no será lugar
donde germine mi semilla,
serán el mar o el viento:
cuna de la eternidad.

Aborrecido
Aborrecerse uno mismo,
es estar sin rostro
ante un espejo transparente,
mirando otro lado de la vida, años arrastrados
por la resaca del infortunio.

Es como morderse las lágrimas para no drenar agua salada
sobre los dedos desnudos y las llagas sin secarse.

Aborrecerse,
es como un remedio
buscando a quien curar
es un cura tras un confesionario para relatar sus pecados,
es un cirio absorto
por la luz reflejada
en el agua podrida de un estanque.

Es buscar un pensamiento ajeno a sabiendas que al regreso será el mismo.
Aborrecerse uno mismo
es desandar los pasos entre lo que fue y lo que no se pudo ser.
Cuando llegan los años
Los años llegaron para quedarse
vinieron cada segundo,
cada hora,
cada mes
solo con la intención de perpetuarse. Se incrustaron en las pestañas
en el pelo, en la piel,
nunca se fueron para volver después, porque el pasado no les da vida,
sino el espacio en movimiento.

Llegaron para tejer los rincones regar las lágrimas en las cenizas de un beso que se marcha
o un amigo que se pierde.

Ellos dan sabiduría
ensanchando el calendario
en las noches sin mañana
y en las lunas sin receso.

Los años llegan temprano,
se envuelven en la sonrisa
en el llanto que abruma
al despedirnos con el último aliento. No matan, ni muerden ni hieren
su fin es reducir el arcoíris en la tarde llenar las pupilas de horas viejas y cerrarnos los ojos inundados de utopías.

Tristeza
Van creciendo los espacios
deshabitados de aplausos.
Despoja la noche insomne,
desbordando las angustias
en pesares que regresan.

Moja los párpados,
rueda la sal, se aflige la razón, la lengua reseca silencia las palabras y el alma asume el dolor
como un canto en el crepúsculo. La tristeza es una ruleta
retenida por las penas reencarnadas.