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Las acciones del doctor William Morgan

Las acciones del doctor William Morgan

Continuamos con el escrito publicado por Rita Halle Kleeman en 1947 sobre el doctor Morgan: En el último día, una mujer que sostenía un niño en cada mano, cayó sollozando a sus rodillas, rogándole que no dejara morir a sus hijos. Esta mujer había estado esperando ese día desde las 9 de la mañana. Por eso seis meses más tarde volvió. En las dos semanas que duró esta visita operó a 800 niños, entre ellos a Ramfis, el hijo de 16 años del presidente. El último día, agotado e intoxicado con el éter que había inhalado, se desmayó.

Algunos meses después, cuando llegó para la inauguración del Hospital William A. Morgan, ya estaba completamente recuperado. Además de la dedicación del Hospital, él fue huésped de honor en media docena de actos. Todos los médicos del país le iban a rendir un homenaje en una comida; iba a recibir la Orden del Mérito de Juan Pablo Duarte, la más alta condecoración que el país podía darle. Pero ninguna de estas cosas le emocionó tanto como el espectáculo del aeropuerto, la muchedumbre de personas cuyos niños él había ayudado. Todo ese día habían estado viniendo desde las chozas bardadas de palma o techadas de lata, las cuales había sobrevivido hasta entonces el programa de construcción del Gobierno; de las limpias casas de concreto con que aquellas estaban siendo sustituídas. En carretas de ruedas altas tiradas por alborotadores caballitos dominicanos; en sillas de montar de alto espaldar puestas a horcajadas en asnos zancudos, y a pie, habían venido a lo largo de la Avenida George Washington trayendo regalos para el doctor, traían niños saludables para que él los viera.

Entre los primeros en saludarlo estaba Rafael Luiz, quien había sido su sirviente en el Hotel Jaragua. Rafael tenía un motivo especial para estar agradecido. Al final de un largo día en el hospital en el viaje anterior, el Dr. Morgan se dejó caer agotado en su silla en la terraza-comedor del Hotel, y preguntó por Rafael. “Su hijo está enfermo, dijo el sustituto, Rafael está muy preocupado pues piensa que su hijo puede morir”. Sin titubear, el Dr. Morgan dejó la cena y llamó a su carro. Algunos minutos más tarde entró en la pequeña casa de Rafael en las orillas de la ciudad. En el aposento, la madre sentada mecía a un diminuto niño a quien quemaba la fiebre y agobiaba la tos. El Dr. Morgan lo cogió y lo examinó cuidadosamente. Entonces sonrió. “No necesitan preocuparse, les dijo a los ansiosos padres, lo pondremos bien en un santiamén”.

Y lo lograron. Es con incontables incidentes como este con los que el Dr. Morgan se ha ganado un lugar en el corazón de todos los dominicanos. Algunas personas que estaban en el aeropuerto habían venido de Santiago, la segunda ciudad del país, a 110 millas al norte, en donde el Dr. Morgan había pasado algunos días en cada viaje. La primera vez que estuvo allá, no había hospital y él operó en el comedor de un viejo hotel. Los padres de Santiago habían sido siempre escépticos con médicos extranjeros. La mayoría de ellos esperaron a ver si los primeros pacientes sobrevivían a la noche y uno de estos fué la madre de una pequeña niña quien, de repente y casi una semana después de la operación, empezó a sangrar. La noticia llegó al Dr. Morgan, ya de vuelta en Ciudad Trujillo, cerca de la medianoche. Llovía duro. Tomó un pequeño aeroplano, el único medio de transportación disponible —él fué piloto en la primera guerra mundial— y voló a Santiago. De los 1540 casos operados todos sobrevivieron a la cirugia y el porcentaje de exitos fue muy elevado. Interesante el relato de la señora Kleeman.