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Estudio en EE.UU. revela que el aislamiento social golpea más fuerte a los hombres mayores

Estudio en EE.UU. revela que el aislamiento social golpea más fuerte a los hombres mayores

Un reciente análisis publicado en la revista Innovation in Aging pone en evidencia que la falta de conexiones sociales incrementa la probabilidad de fallecimiento en personas de la tercera edad en Estados Unidos, y que este fenómeno es especialmente agudo en los varones. El trabajo, firmado por Lydia W. Li, Jay Kayser y Kyungeun Song, siguió a un grupo de 7.026 individuos de 65 años o más durante más de una década, desde 2011 hasta 2023.

Durante el periodo de observación, fallecieron 2.457 participantes, lo que representa el 35,0% de la muestra total. La información proviene del National Health and Aging Trends Study, una investigación longitudinal sobre el envejecimiento que trabaja con una cohorte representativa de los beneficiarios de Medicare, el seguro de salud público para personas mayores en el país norteamericano.

Un aspecto central del estudio fue la comparación de dos herramientas distintas para medir el aislamiento: la escala desarrollada por Pohl y la propuesta por Cudjoe. Aunque ambas parten de principios similares, solo coincidieron en clasificar a una misma persona dentro de la misma categoría de aislamiento en el 36,6% de los casos, lo que revela diferencias importantes en su enfoque.

Resultados opuestos según la escala utilizada

Con la medición de Pohl, las personas que presentaban un aislamiento moderado o severo mostraron un riesgo de mortalidad significativamente mayor en comparación con aquellas socialmente integradas, incluso después de ajustar por factores como edad, sexo, enfermedades crónicas, salud autopercibida, limitaciones físicas, problemas de memoria, depresión, ansiedad, tabaquismo y actividad física. En el modelo más completo, el cociente de riesgo fue de 1,28 para quienes estaban algo aislados y de 1,37 para aquellos con aislamiento grave.

En cambio, al aplicar la escala de Cudjoe, esa asociación perdió relevancia estadística tras los mismos ajustes. El valor p global alcanzó 0,25, lo que indica que el vínculo entre aislamiento y mortalidad desaparecía según cómo se midiera el fenómeno. Los autores destacan que esta diferencia no es un detalle técnico menor, sino un factor que puede cambiar por completo la conclusión del estudio.

El estudio siguió durante 12 años a 7.026 personas de 65 años o más del National Health and Aging Trends Study en Estados Unidos.

El género marca una diferencia clave

El análisis también exploró si la edad o el sexo modificaban la relación entre aislamiento y muerte. Con ninguna de las dos escalas se encontró un efecto significativo de la edad, por lo que el riesgo se mantuvo similar en los grupos de 65 a 74 años, 75 a 84 años y 85 años o más.

Sin embargo, con la escala de Pohl, el género sí mostró un impacto relevante. Entre los hombres, un aislamiento moderado se asoció con un cociente de riesgo de 1,47, y el aislamiento grave con uno de 1,75, en comparación con los hombres socialmente integrados. En las mujeres, esas diferencias no fueron estadísticamente significativas. Las curvas de supervivencia ajustadas reflejan una caída mucho más pronunciada en la población masculina con mayor aislamiento, mientras que entre las mujeres las líneas se mantuvieron más cercanas.

La muestra tenía una edad promedio de 75 años. Tras ponderar los datos, el 56,5% eran mujeres, el 81,4% se identificaban como blancos, el 89,1% habían nacido en Estados Unidos y el 95,2% residían en la comunidad, no en centros de cuidado.

Las visitas presenciales a familiares o amigos y la asistencia a servicios religiosos fueron los indicadores más asociados con la supervivencia en adultos mayores.

El contacto presencial, el factor más protector

Para entender por qué las escalas arrojaban resultados dispares, el equipo desglosó los componentes de cada una. Dos variables mostraron una asociación estadísticamente sólida con la supervivencia: las visitas presenciales a familiares o amigos y la asistencia a servicios religiosos. El primer factor fue el más potente de todos, con un cociente de riesgo de 0,81; el segundo presentó un valor de 0,91.

El estado civil y la participación en clubes o voluntariado también mostraron cierta asociación, aunque más débil. Los investigadores sugieren que las mediciones que captan la cercanía geográfica, la ayuda tangible y los vínculos estrechos podrían reflejar mejor el riesgo de mortalidad que aquellas que solo cuentan el tamaño de la red social.

Los autores probaron además una medida experimental que combinaba visitas a familiares o amigos, asistencia religiosa, estado civil y voluntariado. En el modelo ajustado, esa nueva combinación arrojó un cociente de riesgo de 1,12 como variable continua, superior al 1,09 de la escala de Pohl y al 1,04 de la de Cudjoe.

El estudio concluye que los médicos y otros profesionales de la salud deberían considerar la detección del aislamiento social en la atención de pacientes mayores y explorar estrategias de prescripción social, derivándolos a actividades y apoyos comunitarios. La publicación enfatiza que este esfuerzo requiere especial atención en los hombres mayores, quienes, según los resultados, enfrentan un riesgo más elevado cuando carecen de suficientes vínculos sociales.

Fuente: Infobae