
Una anécdota de Ricardo Piglia da inicio a este retrato. En una clase emitida por la TV Pública en 2013, bajo el título Borges por Piglia, se cuenta una historia ocurrida a mediados de los años ochenta. Piglia introduce un dato clave: “Borges era un hombre muy sobrio, muy austero”. En ese entonces, Borges vivía en un departamento de tres ambientes sobre la calle Maipú, en el barrio porteño de Retiro. Y lo visitó Mario Vargas Llosa. “Con Borges uno se sentía cómodo, y muchos amigos han metido la pata por eso”, anticipa Piglia.
Envuelto en esa confianza, Vargas Llosa —quien aún no había ganado el Nobel ni el Cervantes, pero ya había escrito Conversación en la Catedral— le preguntó: “¿Cómo puede ser que usted viva en este departamento?”. En medio de la habitación, una palangana recogía las goteras del techo. “Los caudillos argentinos no hacemos alarde”, respondió Borges, y lo despidió. “Al día siguiente Borges decía: ‘vino un peruano que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que yo me mudara’”, remata Piglia.
Detrás del Borges profundo, filosófico e intrincado, existe otro: un Borges mordaz, burlón, rápido, irónico: un Borges ácido. Está en su literatura, pero sobre todo en el reverso de la ficción: en la realidad, en la vida cotidiana. Quienes lo conocieron lo destacan; sus biógrafos lo iluminan. Aparece en entrevistas, intervenciones públicas y, especialmente, en charlas con amigos como Adolfo Bioy Casares.

“Come en casa Borges”. Así comienzan muchas entradas de Borges, el libro de Bioy Casares publicado en 2006, pero que el autor dejó listo el año de su muerte, en 1999. Son los diarios de Bioy, pero solo las partes donde aparece Borges. Pactó con los editores que se publicara cuando él ya no estuviera, posiblemente para no tener que rendir cuentas. María Kodama lo sintió como una traición y trató de que el libro no circulara.
La entrada del lunes 12 de enero de 1948, una de las primeras, dice: “Vuelta a Buenos Aires. Come en casa Borges. Me cuenta que a la tarde estuvieron en Sur Sábato y González Lanuza y que él de pronto comprendió que los aborrecía y se fue”. Kodama, viuda y albacea de Borges, se opuso al libro (“¿qué prueba hay de que Borges en realidad decía eso?”, declaró en 2019), pero hay algo inquietante en la verosimilitud de esas pequeñas postales satíricas.
En el prefacio del Borges de Bioy, Daniel Martino subraya “el frecuente examen de cuestiones de conducta”. El propio Bioy Casares dijo que buscaba retratarlo “riéndose de las cosas que él mismo respetaba, hablando como un amigo íntimo”. Esa intimidad nos acerca al hombre detrás de la gran obra, que de pronto se pone al frente. Y ni siquiera: lo ponen. Y nosotros lo espiábamos.
Y de pronto aparecen sus dardos contra Oliverio Girondo, quien “tal vez no haya escrito nunca una línea memorable”, o contra el “bruto” de David Viñas por “ofender a Roca mencionándolo en la misma frase que a ese bruto de Perón” (Viñas daba un curso titulado “De Roca a Perón. Estudio sociológico de la literatura argentina”), o contra Julio Cortázar (“Qué porquería, Cortázar. Pensar que te hablé bien de él”). Es un Borges libre y secreto, pero no opuesto al público.

En una entrevista, Antonio Carrizo le preguntó sobre Gabriel García Márquez, pinchándolo: creía que “no era santo de su devoción”. Borges respondió: “No, pero por lo menos los primeros cincuenta años de los Cien años de soledad son memorables”. En esos reportajes, donde monta el personaje de sí mismo, aparece, según Juan Terranova, el Borges sincero, “donde habla y actúa de Borges, es el Borges que más se esconde, el que menos se muestra”.
Hace años, Terranova lleva un diario de lectura en el sitio Hipercrítico (cuyo editor general es Luis Majul). En una entrada reciente habla de la escuela del resentimiento —concepto de Harold Bloom— y dice: “Yo también estudié ahí. Es una buena escuela. El plan de estudios lo aporta la literatura argentina. Es la de Roberto Arlt, la del El arte de injuriar de Borges, la de la chicana, la de la envidia, la del humor, la del lento teatro del desprecio, la del Borges de Bioy. Sarmiento puede dar clases ahí también”.
Otra entrevista televisiva, emitida por Canal 13 en 1980, circula por Instagram. “He vivido demasiado: 81 años”, dice Borges con ambas manos sobre el bastón. “No, me opongo. Yo querría que viviera muchos más”, replica la periodista. Él la corta: “No, yo no. Yo tengo la esperanza de morirme en cualquier momento”, y suelta una risa amplia, generosa. Luego juega con la posibilidad de morir de un ataque al corazón: “Sería una muerte dramática. Y me haría famoso”, y vuelve a reír.

Que hoy no exista una división tan tajante entre la obra y la figura del autor se lo debemos a la importancia de la fama. Cada escritor construye una imagen de sí mismo, pero las redes sociales han hecho que esa imagen sobrepase, en muchos casos, a la obra misma. Sí, es más importante ser escritor que escribir. Y aunque no es lo mismo tener seguidores que lectores, hoy poco importa esa distinción. El tiempo, dicen, pone las cosas en su lugar.
El Borges ácido, el que critica, bardea, ironiza y se ríe, contrasta con la solemnidad que siempre ha cargado su literatura. Para muchos puede ser una puerta de entrada, alejada del anciano ciego de traje gris, encerrado en una biblioteca inmensa recitando versos ingleses. Es un Borges humano, demasiado humano, tan humano que se vuelve cotidiano, que se ríe del mundo para soportarlo, para soportarse.
La vida cotidiana, ¿es la antítesis de la literatura? ¿Qué son las anécdotas? El sábado 10 de septiembre de 1960 “come en casa Borges”. Mientras leen cuentos y lanzan odios al viento, se queja: “Qué manía la del arte moderno contra la anécdota”. “La connotación de frivolidad epigramática de la palabra anécdota los ofusca; no ven que atacan a lo narrativo”, continúa. “¿Qué tiene de malo? Toda la literatura es anécdota. ¿A quién no le agradan las anécdotas?”
Fuente: Infobae
