
Hemos averiguado por aquí y por allá que Ramón Tejada Holguín nació en San Francisco de Macorís, que se graduó de sociólogo en la UASD y tiene una maestría en Estudios de Población y Desarrollo, obtenida en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede México. Supimos también que en 1987 el libro suyo del que vamos a ocuparnos en esta columna, La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar, ganó el Primer Premio en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, además encontramos una foto suya en el portal de Participación Ciudadana y muchos artículos periodísticos llevan su firma.
La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar puede leerse como una novela que en cierto modo se parece a la ya añeja Rayuela, de Julio Cortázar, pero sin la enumeración orientativa de capítulos que hay que leer para seguir un cierto orden, porque esta novela se nos aparece tan desordenada que responde al concepto borgiano de que, si el desorden se repite, termina por parecerse a un orden.
El propio Tejada Holguín definió a esta novela como “un archipiélago de historias signadas por el amor fallido, la amistad y el cariño sincero”. El libro comienza con un poema titulado “Así llenamos nuestros espacios temporales” en cuyos cuatro primeros versos aparecen las letras O, L, G y A en mayúsculas, una especie de acróstico de Olga, que es el nombre de la mujer de la que el narrador, que se llama Frank, nos habla, y que tiene a su vez una hermana llamada Amalia que se opone a la relación amorosa del narrador con Olga. La misma Olga le dice varias veces al personaje llamado Frank: “Lo nuestro carece de sentido”, pero Olga siempre vuelve al apartamento y siempre se está yendo, hasta que una vez el narrador se encuentra con Amalia en un concierto de Luis Días, beben varias cervezas, hablan y Amalia termina pasando la noche con él, después de haberle dado a entender que Olga seguramente estaría con otro…
El cuento que sigue, La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar, es una vorágine de situaciones amorosas que comienzan con una sugerencia de Marion a Frank: la de escribir un cuento con base en dos personajes, que simbolizarían lo fantástico, lo literario, lo ideal o mágico. Los antagonistas serían el propio Frank y Olga, Eli, Aramis y Marion. Frank y Marion discuten varias veces la estructura y las situaciones del cuento, nunca se ponen totalmente de acuerdo, por momentos el ensayista que Frank dice que es, se impone al literato que también es el mismo Frank. El narrador hace algunas “confesiones, a pesar de que Ramón no está de acuerdo, los personajes fueron tomados del mundo real. Olga murió en 1984” y siguen otras precisiones más. Ramón termina apareciendo como personaje-autor, de una manera semejante a como Ernesto Sábato aparece como personaje de su monumental novela Abadón el exterminador, acaso porque Frank es una prolongación de Ramón, de la misma manera que Bruno Basán es una personificación de Sábato en la referida novela. El relato de Tejada Holguín termina con la promesa de cómo estructurará el cuento si alguna vez se decide finalmente a escribirlo.
Siguen los Cuentos de Frank Ramírez Pérez, con lo que nos enteramos de los apellidos del personaje que enamoró a Olga y durmió con Amalia, la hermana, que son más bien microrrelatos, Horizonte es el primero, y es el nombre de un “animalito de cola azul cielo, hocico beis, y el resto del cuerpo es rosado con rayas verde mar” y que quien lo tiene es Holguín, que cada vez que se encuentra con Tejada este le pregunta por Horizonte, al final, cuando Tejada llega a su casa, la encuentra llena de cucarachas y telarañas, llama a Tejada pero el teléfono suena y suena y nadie responde.
Otro capítulo titulado La carta de ¿Sara? Comienza con una introducción escrita por Frank Ramírez Pérez, que firma como editor de El Jabberwocky, que es a su vez el título de un confuso e incomprensible poema de Lewis Carrol, que aparece en Alicia a través del espejo y lo que encontró allí. En la carta, Sara le reprocha a Frank que el escritor le transmitió sus temores y frustraciones, de ahí que haya escrito párrafos típicos de un adolescente para narrar su historia de amor y también que insista vivir en “el mundo de los espejismos” mientras ella vive en el “mundo ordinario” y se siente bien cuando puede viajar del uno al otro…
El desencuentro, la nostalgia, la imposibilidad de comunicarse de manera profunda con los demás y la reducción de los grandes problemas de la existencia humana, como la soledad, la incomprensión, la autoaceptación y la aceptación de los otros, así como la forma en que los instintos se imponen a los sentimientos, lo que deja como consecuencia dolor y frustración, son reflexiones que el autor no realiza de manera consciente, sino a través de imágenes, de metáforas, de historias y anécdotas que componen una especie de laberinto onírico que se diferencia del jardín de senderos borgiano en que aquí no aparece una salida definitiva.
El libro termina con unos poemas, el primero se titula Diminuto hábitat, de Frank Ramírez Pérez, editor de la Revista Alicberwocky texto que se presenta como ganador del primer premio del Concurso de Poesía Pessoa en Dominicana, organizado por la Revista Alicbewocky, una humorada que mezcla la referencia al poeta portugués que fue famoso por la cantidad de heterónimos que se inventó, y la primera parte del nombre de Alicia, el personaje de Lewis Carroll, con Jabberwocky. También informa que el ganador del concurso es precisamente el editor de la revista.
La novela, o más bien este “archipiélago de historias” no presenta una variedad de escenarios, casi siempre aparece la Zona Colonial, los bares y cafés, la noche y la oscuridad como cómplices de las fantasías y delirios de un narrador que se desdobla en personajes habitados casi siempre por la misma melancolía, acompañados por los múltiples y diferentes rostros de la soledad, y hasta por la imposibilidad de adaptarse plenamente a ese “mundo ordinario” en el que la gente vive, convive, traza proyectos de vida, se enamora y trabaja; eso es una vida, un mundo, acaso un universo del que él se autoexcluye por una imposibilidad de adaptación que surge de no creer en nada de eso.
No es una novela lineal pero tampoco es un rompecabezas, es simplemente una historia que se narra sin un principio definido, que comienza con un poema y termina con un epílogo también en forma de poema ¿qué mejor manera de ordenar un delirio que es a su vez un delirante desorden?
