
Hay escritores que narran la historia de los pueblos, y hay otros —mucho más raros— que alcanzan a escuchar los rumores secretos con que los pueblos se cuentan a sí mismos. Ramón Emilio Jiménez perteneció a esta segunda especie.
Mientras muchos de sus contemporáneos dirigían la mirada hacia los acontecimientos solemnes, hacia los discursos de los hombres públicos o hacia las efemérides que terminan grabadas en los mármoles oficiales, él prefirió detenerse en aquello que parecía destinado a desaparecer sin dejar huella: una décima improvisada al anochecer, el refrán repetido por una anciana junto al fogón, el pregón de un vendedor ambulante que se alejaba por un camino polvoriento, el sonido remoto de una tambora que llegaba desde alguna fiesta campesina perdida entre los montes.
Comprendió muy temprano que la patria no era una abstracción. No era una palabra escrita con letras mayúsculas en los discursos patrióticos, ni una bandera ondeando sobre un edificio público. La patria era algo mucho más frágil y, por eso mismo, más valioso. Habitaba en las palabras humildes, en las costumbres heredadas, en los gestos cotidianos que pasan de una generación a otra sin que nadie repare en ellos.
Anidaba en aquellas cosas que parecen insignificantes hasta el día en que desaparecen y descubrimos, demasiado tarde, que con ellas también se ha ido una parte de nosotros mismos.
Maestro, poeta, investigador del habla popular y educador de varias generaciones, Ramón Emilio Jiménez convirtió el estudio de la cultura dominicana en una auténtica vocación de vida. Nacido en Santo Domingo en 1886, consagró buena parte de su existencia a la enseñanza, a la literatura y a la investigación de las raíces culturales dominicanas. Murió el 7 de diciembre de 1970, en Santo Domingo, cerrando una vida que se extinguía con la misma coherencia serena con la que había sido vivida. A esa tarea de rescatar la memoria invisible dedicó sus mejores esfuerzos.
Quienes lo trataron evocan a un maestro de trato afable y de curiosidad inagotable, para quien la educación constituía una tarea de formación humana antes que una simple transmisión de conocimientos. Su vocación pedagógica no fue un oficio complementario de su labor literaria, sino la prolongación natural de ella.
Su libro Al amor del bohío, publicado inicialmente en 1927 y revisado dos años más tarde, constituye uno de los testimonios más entrañables de la vida dominicana de principios del siglo XX. Quien se adentra en sus páginas experimenta la sensación de abrir un viejo arcón familiar olvidado en un desván: de su interior emergen voces, aromas, supersticiones, canciones, objetos y personajes que parecían condenados al silencio.
Por aquellos corredores transitan las décimas populares, las galleras bulliciosas, los conucos recién sembrados, las pulperías donde se comentaban las noticias del mundo y los misterios del vecindario, las fiestas patronales iluminadas por lámparas de keroseno, los remedios caseros, las comidas campesinas y las supersticiones que intentan dar forma a aquello que la razón todavía no alcanza a explicar.
Nada de eso parece extraordinario. Y, sin embargo, ahí reside su grandeza. La vida de un país no transcurre en los palacios ni en los cuarteles, sino en las cocinas, en los patios, en las plazas de mercado, en las conversaciones al caer la tarde y en las pequeñas ceremonias domésticas que se repiten durante siglos.
Por eso Al amor del bohío es hoy mucho más que una obra literaria: es un depósito de memoria colectiva, un archivo sentimental de la dominicanidad donde todavía respiran generaciones enteras que ya no están.
Al recorrer sus páginas, el lector descubre que el bohío no era únicamente una vivienda humilde. Era una forma de organizar el universo. Bajo su techo de yagua se transmitían historias, se celebraban nacimientos, se velaban muertos y se aprendían las primeras palabras. La pulpería, a su vez, era mucho más que un establecimiento comercial: era una institución social donde circulaban noticias, rumores, confidencias y sueños.
Lo admirable es que Ramón Emilio jamás observa ese mundo con condescendencia. No adopta la pose del intelectual que estudia una curiosidad pintoresca. Mira desde dentro, con afecto y respeto. Allí donde otros percibían atraso, él descubría experiencia acumulada; donde otros veían rusticidad, él encontraba belleza; donde otros divisaban costumbre, él reconocía cultura viva.
Esa misma vocación alcanza una nueva dimensión en La Patria en la canción, cancionero escolar publicado en 1933. Sobre sus versos, compositores como José de Jesús Ravelo, Julio Alberto Hernández y Juan Francisco García construyeron piezas destinadas a acompañar la formación sentimental de varias generaciones.
Aquellos poemas abandonaron el papel para entrar en las aulas. Y ocurrió algo singular: muchos dominicanos conocieron a Ramón Emilio antes de saber quién era. Lo conocieron cantando. Lo aprendieron de memoria sin proponérselo. Sus versos se volvieron respiración cotidiana de la escuela dominicana.
No deja de ser conmovedor imaginar a miles de niños repitiendo aquellas canciones en pueblos remotos, en ciudades pequeñas, en escuelas rurales donde no llegaban bibliotecas, pero sí la música.
Él era maestro y comprendía que la educación no consiste solo en transmitir conocimientos, sino también en enseñar a sentir. Sus canciones enseñaban historia, naturaleza y civismo, pero lo hacían mediante la emoción. No imponían una doctrina: despertaban una sensibilidad.
Si Al amor del bohío preserva el mundo, y La Patria en la canción lo transmite, Savia dominicana (1948) lo eleva a símbolo. Allí la cultura popular deja de ser registro para convertirse en materia poética.
El merengue sintetiza la nación. La tambora y el acordeón dejan de ser instrumentos para convertirse en personajes de una historia colectiva. El acordeón respira y seduce como cuerpo en movimiento. El güiro parece reír desde la muerte. La tambora conserva el ardor del cañaveral. El chivo, incluso después de sacrificado, continúa vibrando en la fiesta.

Todo adquiere vida secreta. Nada es insignificante. Todo puede, en cualquier instante, volverse símbolo. Esa es su operación esencial: convertir lo cotidiano en revelación.
En tiempos dominados por la velocidad, su obra adquiere una vigencia particular. Los lenguajes se uniforman, las imágenes se evaporan, las modas nacen y mueren con rapidez vertiginosa. Nunca habíamos estado tan conectados, ni tan expuestos al olvido de lo propio.
Frente a ello, la obra de Ramón Emilio funciona como resistencia. Nos recuerda que la identidad no se decreta: se sedimenta lentamente, como un río hecho de memoria, de palabras heredadas, de canciones que regresan, de costumbres transmitidas. Cuando esas formas desaparecen, el país sigue existiendo en los mapas, pero comienza a borrarse en la sensibilidad de sus habitantes.
Quisiera creer que todavía persisten esas voces: el acordeón bajo la enramada, la tambora convocando la fiesta, el güiro riendo en la noche, el bohío lleno de silencio antiguo.
Mientras una décima sobreviva, mientras una canción escolar despierte la infancia, mientras el merengue típico siga girando bajo las estrellas de una fiesta patronal, Ramón Emilio Jiménez continuará habitando entre nosotros.
Y acaso esa sea la victoria más alta a la que puede aspirar un escritor: desaparecer de la vida visible y permanecer en la memoria colectiva de su pueblo. Porque los pueblos no sobreviven solo por sus instituciones, sino por aquellos hombres que rescatan del olvido las palabras con que una nación aprende a reconocerse.
