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¡Quién como una madre!

¡Quién como una madre!

La glorifica Trina de Moya en su himno, porque con “su dulce encanto/con su canto/nos disipa el miedo/nos calma el dolor”.

Ser madres es lo excelso. Función y papel que la biología otorga a las mujeres, que al aceptarla asumen con la prolongación de la especie humana un compromiso superior como guardianas y dadoras de vida.

Sin embargo, detrás de esta visión un tanto idílica que los poetas han trazado en versos pletóricos de belleza y ternura, se esconde también el dolor, que no es solamente el sufrimiento del parto, sino también la conciencia de que ese ser pequeñito y desvalido estará unido a su cuerpo para alimentarse, para abrigarse, para protegerse, para aprender y finalmente crecer hasta llegar a la adultez.

Desde el momento en que el óvulo se implanta en su vientre y durante los nueve meses en que una cintura crece para dar lugar a un nuevo ser humano, cualquiera sea su sexo, comienza para las mujeres un proceso de cambios hormonales que la mayoría asume con naturalidad.

Largo proceso que las mujeres viven como un aprendizaje compartido que les servirá para entender el mundo y para comprender la vida vista con los ojos del asombro de los niños en su primera infancia, en los desafíos de la adolescencia y en compartir conocimientos en la madurez, cuando la hija se convierte en madre, cuando el hijo se convierte en padre.

Las madres son esa presencia que alimenta, protege y cuida en la niñez, y se convierten en imagen etérea que acompaña en el recuerdo cuando ya han partido de este mundo, pero siguen presentes en todo lo que nos enseñaron celosamente.

Las madres son, seguramente, las personas más parecidas a los ángeles si es que estos seres existieran, a los que les llevan talvez la ventaja de que siempre están, primero en presente, después en recuerdo, y lo bueno es que nunca se van del todo.

Feliz ocasión su día, y en ellas abrazamos a todas las mujeres subestimadas y relegadas que se abren camino con su propio esfuerzo.