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NOVA, más allá de Candlelight: el sonido dominicano de la música de cámara

NOVA, más allá de Candlelight: el sonido dominicano de la música de cámara

Cuando se apagan las velas, queda la música. Y en el caso de NOVA, ese instante posterior al encanto visual de Candlelight permite, en mentes “más afinadas”, pensar en una pregunta más profunda: ¿qué hay detras de un cuarteto de cuerdas dominicano?

NOVA Cuarteto de Cuerdas, (@novacuartetosd en Instagram), ha ganado visibilidad por sus participaciones en los ya populares conciertos a la luz de las velas, formato que ha llevado a muchos espectadores a acercarse a la música de cámara desde Vivaldi, Adele, ABBA, Coldplay, José José, Bridgerton y hasta Bad Bunny. La imagen resulta poderosa: cuatro músicos, una sala íntima, cientos de luces y un repertorio capaz de tender puentes; pero reducir a NOVA a esa postal es quedarse en la superficie de un proyecto que, según sus propios integrantes, busca algo más duradero.

Guillermo Mota, violinista e integrante fundador del ensamble, define el núcleo del grupo desde una idea que parece sencilla, aunque contiene una declaración artística: “Primeramente es volver a conectar al público con la música de cámara, una búsqueda de ese instante real con el público, tocar con criterio, con la emoción puesta exactamente donde tiene que estar. Y se reconocería por cómo elegimos o diseñamos el repertorio a presentar que es único, variado y, sobre todo, fresco”.

Intimidad sonora

NOVA entiende la música de cámara como un encuentro directo: no hay una gran masa orquestal que proteja el sonido, ni una escenografía que sustituya el discurso musical. En la naturaleza de un cuarteto de cuerdas todo queda expuesto: la afinación, la respiración, el fraseo, la escucha entre los músicos y la inteligencia con que se reparte cada voz. Y la cercanía con el público no suaviza esa exigencia; la vuelve más explícita.

Por eso, para NOVA, el repertorio no funciona como una simple lista de canciones reconocibles. Para que una obra llegue a sus atriles debe resistir el traslado al lenguaje de cuerdas. Mayrení Morel, violista del grupo, lo explica con precisión. “Para que una obra llegue al atril de NOVA, lo más importante es que tenga potencial para convertirse en un arreglo realmente bien construido: que las voces estén bien distribuidas, que cada integrante del cuarteto tenga participación musical interesante y que la pieza se sienta natural dentro del lenguaje de cuerdas. Más allá del género, buscamos música con identidad, emoción y espacio para reinterpretarse desde nuestra sonoridad, ya sea Vivaldi, ABBA, Coldplay o José José. Y el repertorio clásico, en realidad, ya no ‘entra’ a NOVA porque siempre ha vivido con nosotros; más que repertorio invitado, es parte de nuestra esencia musical, de ese bouquet sonoro que cargamos casi sin pensarlo”.

Esa filosofía se cocina en una dinámica interna que Anarys Iznaga, violinista del ensamble, describe con franqueza. “El trabajo en NOVA se basa en ‘pleitos musicales’: negociación y reconciliación constante. Cada arreglo es un espacio de balance entre fidelidad al material original, riesgo interpretativo y construcción de una voz o sonido. Básicamente no buscamos reproducir, sino interpretar con criterio”.

También hay una ética del lugar. No se toca igual para una sala que para una iglesia o un espacio comunitario, aunque las notas escritas sean las mismas. José Bonillo, violonchelista del grupo, lo plantea desde la responsabilidad del intérprete ante el contexto: “Para nosotros tiene que haber coherencia ,no podemos tocar de cualquier manera y decir que somos quiénes somos. Cada vez que nos paramos en un escenario, primero nos preguntamos: ¿dónde estamos, quién está ahí afuera y qué es lo que queremos dejar? No es que la música cambie, pero tampoco vamos a tocar igual en todos lados como si nada. Hay que leer el ambiente, entender el encuentro, y desde ahí sí , darle con todo”.

Una escena NOVA

Esta conciencia escénica es importante para una escena clásica dominicana que apunta a crecer, pero aún necesita consolidar públicos más fieles y proyectos con mayor identidad. Guillermo Mota lo observa desde dentro. “La música clásica dominicana ha crecido bastante. Pero todavía le falta algo importante: un público fiel que llegue siempre, y proyectos propios con un sello bien definido. El problema de siempre ha sido que se apoya lo mismo que ya existe desde hace años, en vez de atreverse a crear cosas nuevas que le lleguen a la sociedad de hoy”.

En esa frase hay una reflexión para todo el ecosistema musical. Las instituciones son necesarias, las temporadas importan y la tradición sostiene buena parte del edificio. Pero la supervivencia cultural de la música académica también depende hoy de agrupaciones capaces de inventar formatos, atraer oyentes y construir un lenguaje.

NOVA parece entender que el futuro no se gana solo interpretando bien, sino creando una relación nueva con quienes escuchan. Mayrení Morel lo aborda. “Para nosotros, la música dominicana es súper importante y definitivamente queremos que ocupe cada vez más espacio dentro del proyecto. Pero también entendemos que construir un repertorio que suene auténticamente dominicano y caribeño no pasa solo por tocar una melodía conocida y ya; eso lleva tiempo, trabajo, buenos arreglos y apoyo para desarrollarlos. Por suerte hay arreglistas brillantes aquí, muchísimo talento, pero hacer música con profundidad, y no simplemente ponerle ‘sazón’ por arriba para que parezca caribeña, necesita espacio para crecer”.

Para quien suscribe, ese puede ser el gran camino de NOVA: pasar de la experiencia luminosa al repertorio propio, del tributo eficaz a una voz de cámara dominicana, de la visibilidad inmediata a la permanencia. Por eso la frase final de Guillermo Mota tiene valor de manifiesto: “No buscamos ser tendencia. Buscamos ser referencia: repertorio propio, presencia regional y un legado en la música de cámara”.