
Una orquesta no solo toca, también piensa, respira, se mira por dentro. El miércoles 13 de mayo, durante el conversatorio-concierto “Conversaciones con el Maestro Molina”, la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) no fue únicamente el cuerpo sonoro de un evento, sino la representación viva de una idea. Y esa idea la resumió José Antonio Molina con la mezcla de humor, hondura filosófica y autoridad artística que le conocemos: “La música no se explica del todo porque no pertenece del todo a este mundo”.
La verdadera noticia de esa noche no fue que el público escuchara obras representativas del “universo Molina” (“Obertura Yaya”, “Abril 21”, con el pianista Di Blasio Taveras como solista, y “Fantasía Merengue”), tampoco fue únicamente que el maestro hablara de su proceso creativo, de su relación con la orquesta o de las piezas que integraron el programa. La verdadera noticia fue que, en pleno 85 aniversario de la OSN, Molina convirtió el evento en un espacio reflexivo vivo sobre la música, la dirección y la escucha, dentro de un momento en que la institución está intensificando su dimensión didáctica, su política de relevo y su trabajo de mediación cultural.

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El evento plantó la bandera de una orquesta que ya no quiere hablarle solo al oído entrenado del melómano, sino también al ciudadano que necesita comprender por qué una orquesta importa. En tiempos de atención fragmentada, consumo rápido y algoritmos que empujan la cultura hacia lo inmediato, una orquesta sinfónica tiene que hacer algo más que tocar bien. Tiene que crear contexto, formar escucha, producir sentido, explicar sin empobrecer, acercarse sin banalizar. Abrir una puerta sin rebajar la exigencia de lo que ocurre al otro lado.
La música, según Molina

Molina empezó por la pregunta más difícil: ¿qué es la música? Su respuesta fue una negativa a encerrarla en una definición. Hay definición para el sonido, dijo, pero el sonido no es la música. La música es una vivencia, se vive o no se vive. No es una cosa que pueda sostenerse con las manos ni una idea que pueda reducirse a una frase. Usa el sonido, pero lo trasciende. Nace en el mundo físico, pero su sentido ocurre en otro lugar: en la memoria, en el cuerpo, en el alma.
Por eso resulta tan provocadora otra de sus ideas: “La música no es bella, la música no es fea, la música simplemente existe o no existe”. En una época que quiere clasificarlo todo, la frase tiene fuerza casi subversiva. Molina no niega el juicio artístico; niega la reducción de la música a un adjetivo decorativo. El músico, desde esa perspectiva, no fabrica belleza como quien produce un objeto, sino que crea las condiciones para que algo ocurra.
La segunda gran lección fue que ninguna obra significa siempre lo mismo. Molina lo explicó con la Sinfonía núm. 40 de Mozart: si el oyente llega abatido, puede parecerle la obra más triste del mundo; si llega feliz, puede escucharla como una música luminosa. La partitura no cambia, cambia quien escucha. Y ahí hay una verdad profunda: escuchar música también es escucharse a uno mismo. Cada concierto entra en una biografía concreta, en una herida o en una esperanza.
Estas reflexiones se enmarcaron en la confesión de un otrora joven director que se paró hace años frente a la principal orquesta del país, solemne y deseoso de parecerse a Bernstein, Karajan o Furtwängler, y que, con el tiempo, dijo, aprendió a dejar de querer ser otros y aceptó ser José Antonio Molina. Esa frase tiene un peso enorme. En la dirección orquestal, la madurez llega cuando el gesto deja de exhibirse y empieza a escuchar. El director joven quiere ser visto, el director maduro quiere que la música ocurra.
Puello, Margarita y Santy: ciencia, gestión y transmisión

Por su parte, la presencia del doctor José Joaquín Puello, de Margarita Miranda Mitrov y de Santy Rodríguez conformó un triángulo revelador: ciencia, gestión cultural y transmisión artística. Puello aportó la ciencia, esa mirada que permite pensar la música desde el cerebro, la memoria, la emoción y la salud. Margarita Miranda Mitrov, presidenta de Fundación Sinfonía y moderadora del encuentro, encarnó la gestión cultural, la dimensión que hace posible que el talento tenga estructura, continuidad y público. Y Santy Rodríguez, director asistente de la OSN, representó la transmisión artística. Molina lo presentó como su pupilo, su discípulo de toda una vida, casi como un hijo. Que fuera él quien dirigiera a la orquesta en un programa de obras de Molina convirtió la noche en una escena de relevo.
Esa lectura es clave. La OSN, a sus 85 años, no puede limitarse a celebrar su historia. Debe preguntarse quién la escuchará, quién la dirigirá, quién la defenderá y qué lugar ocupará en la vida cultural dominicana de las próximas décadas.
“Conversaciones con el Maestro Molina” mostró una ruta posible: tocar, sí, pero también explicar; interpretar, formar, conservar una tradición, pero abriendo nuevas puertas de entrada para nuevos públicos. Si quiere permanecer viva, tiene que crear contexto sin perder misterio. Molina posee justamente ese don: puede hablar de Beethoven y de Tatico Henríquez dentro de una misma reflexión; puede bromear sin trivializar; acercar sin empobrecer. Esa capacidad es valiosa para una OSN decidida a intensificar las bases de sus futuros legados.
Al final, “la música se evaporó”, como dijo Molina. Pero algo quedó: la imagen de una orquesta que no solo ejecuta, sino que piensa su lugar en el país. Quedó la certeza de que una batuta no manda únicamente: escucha, interpreta y transmite. Y quedó una pregunta necesaria para la cultura dominicana: si una orquesta puede enseñarnos a escuchar mejor, ¿qué país podríamos llegar a ser si aprendiéramos a escucharnos con la misma atención?
