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Lizamavel Collado, una poética de la cotidianidad y el anhelo

Lizamavel Collado, una poética de la cotidianidad y el anhelo

Hemos podido averiguar en Wikipedia que Lizamavel Mercedes Collado Vargas nació en Santo Domingo, que es periodista, gestora cultural y experta en gestión financiera, también es desarrolladora inmobiliaria, y además es poeta y autora de dos libros, Amor a contraluz y Todavía.

No es que no nos interese su dilatada trayectoria política, así como sus aportes sociales como fundadora del partido Poder Ciudadano, sino que en esta página vamos a ocuparnos de un poemario suyo que lleva por título Todavía, una expresión coloquial con la que los dominicanos suelen responder a la pregunta sobre si algo ya está terminado o si ya ha sucedido un acontecimiento que se aguarda, todavía significa, en el habla quisqueyana que enseguida puede pasar, que no ha ocurrido aún, pero ya casi…

Ese título no es casual, es un adverbio que indica esperanza y posibilidades, que implica que se puede seguir creyendo, que se puede continuar esperando, que la existencia tiene un propósito y los ideales insisten en sobrevivir, a pesar de todo.

Los poemas no tienen título, de manera que la primera frase es la que los titula y en cierta medida los define, o acaso introduce al lector en el tema que tratan, escritos en un tono intimista que bordea la ternura, el desengaño, la necesidad de afecto y el anhelo vital que mueve al espíritu a mirar más allá de lo que la realidad pretende mostrar o simplemente aparenta.

El lenguaje poético del libro se caracteriza por un uso cuidadoso de las palabras, una elección de quien sabe perfectamente lo que necesita decir, y la fuerza o la claridad con la que es preciso hacerlo.
Lo notamos en la página sesenta y cuatro: “La esperanza no llega suave./ Irrumpe./ Se planta en medio del cansancio/ y dice:/ Todavía”, y posiblemente sea la mejor definición del término esperanza, tan recurrido en el lenguaje cotidiano, tan presente en el ánimo de todos y cada uno de nosotros, tan referido a miles de necesidades personales porque, en el fondo, la existencia misma está basada en el acto de esperar, no desde una postura contemplativa, sino desde la cotidianidad de trabajar por algo, de estudiar una carrera, de ejercer una profesión, entre otros tantos actos que ejecutamos en el día a día: “La audacia de la esperaranza/ es quedarse de pie/ cuando ya sabes/ cómo terminar el miedo”, dice la autora en otro de sus poemas.

El amor, la relación de pareja, aparecen en los poemas de Lizamavel como una contradicción que se enmarca en el concepto de todavía pero como una expresión que se diluye en un ya y aún no, o más bien como algo que se acepta con aprensión pero se admite a pesar de todo, lo que implica una concesión que navega entre esperar sin exigir, una especie de conformidad que se interpreta y se explica sin convencer totalmente, porque el convencimiento significa asumir con plenitud sin preguntas ulteriores, en cambio aquí los interrogantes trazan un panorama con más dudas que certezas, lo que tal vez sea la forma en que se cristalizan todas las uniones entre los seres humanos.

En la página 46 hay un poema que empieza con estos versos: “Hay un hombre que navega entre rostros/ como quien prueba el agua de todos los ríos/ sin decidir dónde beber” y en las líneas finales dice: “Y cada vez que vuelve/ deja en mi piel la pregunta/ que no sé cómo cerrar:/ Si de verdad me prefiriera, / ¿por qué mira el mundo con hambre?/¿Por qué/ después de todas/ vuelve siempre/ a mí?

Esa duda en la que la autora se debate, o más bien se sacude, surge también en las páginas cuarenta y ocho y cuarenta y nueve, donde aparece el reclamo de ella combinado con las excusas, o las explicaciones de él, que no se justifica por todo lo que hace: “Las otras son ruido/ olas que tocan/ orilla y se disuelven./ Ella es puerto,/ pero a veces el puerto duele/ porque me recuerda todo lo que soy” dice él. Ella en cambio exige: “No quiero ser el lugar al que regreses/ cuando el mundo te expulsa./ Quiero ser el principio/ no la tregua” y el poema termina con la explicación de él: “Y sin embargo amor,/ solo en tu orilla/ aprendo a naufragar sin miedo”…

El poema que abre el libro describe la relación de la autora con su padre, algo que para todas las mujeres que han crecido con su progenitor como guía, como cabeza de familia, como una presencia, siempre es un hecho que marca, a veces de manera positiva, y otras genera más bien rechazo… “Mi padre me enseñó a leer el mundo/ me puso un libro en las manos/ como quien entrega una llave/ y me dijo, sin decirlo/ que ahí estaba todo”… esta estrofa tiene un hondo significado, implica que el padre, lejos de presentarse como ejemplo, como un suplidor de consejos y de órdenes, le enseñó a la niña a buscar respuestas, a preguntar, a averiguar, “nunca me explicó el miedo/ pero me enseñó a enfrentarlo” dice más adelante, lo que da una idea de que ese tutor fue más bien un orientador, alguien que se mantuvo a su lado para enseñarle cosas, pero que sobre todo le permitió ser ella misma.

La riqueza poética de Todavía no está en las florituras retóricas, que no las tiene, sino en la potencia de sus imágenes, en la crudeza ceñida y desnuda de los versos que a veces trazan metáforas potentes que, si caer en el discurso de barricada, expresan claramente preocupaciones profundas por el presente de este país y por el paso de los años y de las luchas sin que se noten cambios significativos… “el país se repite como un eco viejo./ Promesas gastadas, bocas llenas de aire,/ calles que aprenden a fingir esperanza”…

Aunque permea en la mayoría de los poemas de Todavía una visión desilusionada de la vida, aunque el cansancio se pinta no como un estado corpóreo sino más bien como una desolación que se apodera del ánimo y del espíritu, ese título sugiere una poética del anhelo, una actitud que no se resigna al desengaño sino más bien a aprender a convivir con aquello que duele, pero enseña, con lo que desilusiona, pero señala hacia dónde dirigir la mirada para encontrar todo lo que vale la pena el esfuerzo, todo cuanto puede rescatarse para que la vida no sea una ilusión gastada, sino un camino que es necesario transitar con la frente en alto y sin rendirse, ese aprendizaje, según escribe Lizamavel Collado en la página treinta y uno de su poemario: “Es la calma de saber que el alma,/ aunque rota, aprendió su idioma./ Y en ese idioma nuevo,/ cada silencio es una sílaba de paz”.

Los poemas de Lizamavel Collado tienen por un lado la dureza de una cotidianidad que desengaña y a veces lastima, pero también tienen el sabor de una esperanza que se niega a marchitarse, que insiste en permanecer a pesar de todo, que se manifiesta sin estruendos y simplemente afirma con absoluta confianza: Todavía.