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Las prosas poéticas dePablo McKinney

Las prosas poéticas dePablo McKinney

De Pablo Alberto McKinney Cruz, tal es su verdadero nombre según hemos podido averiguar en Internet, sabemos que nació en este país y que tiene una larga trayectoria como periodista, escritor, columnista y analista político. Yo mismo he sido un seguidor de su columna El Bulevar en las páginas del periódico El Nacional durante la primera década de este siglo.

Dice también el internet que cursó estudios de Sociología en la UASD y que estudió Ciencias de la información, con especialidad en Opinión pública y Cultura de masas en la Universidad Complutense de Madrid.

El libro que encontré hace unos días en mi biblioteca se titula El amor, por ejemplo, un conjunto de prosas cargadas de poesía, de belleza, escritas con un estilo entre melancólico y despojado de artificios, con un perfecto dominio del lenguaje que nuestros conquistadores castellanos impusieron a esta media isla.

Pablo McKinney habla de amor en cada uno de los textos de este libro, pero lo hace con una visión que abandona el romanticismo de telenovelas y la cursilería de los folletines para reflexionar sobre el desamor y el abandono, sobre la desolación de la pérdida pero también de la necesidad de creer a pesar de todo, de sobreponerse al dolor para empezar de nuevo, guardar los mejores recuerdos por encima de los desencantos y, como titula en la página cincuenta y cinco de su libro: “Atreverse al amor”.

“Sin que importe lo que pueda ocurrir, sin que importe el desamor y sus etílicas consecuencias, no debemos permitir que la máquina venza al hombre, que la informática nos robe la capacidad de enloquecer por amor”, una reflexión con la que no podemos menos que coincidir, pese a la displicencia con la que miramos pasar a tantas “morenas encendías” que pasan a nuestro lado en parques y calles, y que con su desdén nos informan que no están en nuestro futuro y clausuran así toda posibilidad de figuran en nuestro pasado.

En la página sesenta y cuatro, en un texto titulado “La juventud, la mujer y los años”, McKinney cuenta que trata de convencer a su sobrino de dieciocho años de que no vuelva tan tarde a la casa, para no preocupar a su madre, y que el sobrino en cuestión le recordó sus años juveniles que pasaron entre militancia política, huelgas de hambre, movilizaciones estudiantiles, pegatinas de afiches y cerveza.

Ocurre que el consejero, ya caído o tal vez precipitado en la madurez, comienza a olvidar sus años mozos y a dejar de lado aquel principio vital de que ¡ser joven y no ser un revolucionario es una contradicción biológica”, lo que lo lleva a descubrir que en la madurez uno se vuelve “insultantemente precavido” para todo, incluso para el amor, pero entonces McKinney rescata los ardores juveniles con este párrafo vibrante y vital: “La juventud es una constante fiesta del espíritu porque el cuerpo aguanta y la inconsciencia nos gobierna el alma. Es época de libertad aun en la pobreza de un cuarto de pensión en la zona universitaria, porque allí te sorprende una pasión/amor tan imprudente como para reglarte un ejemplar del ‘Inventario’ de Benedetti, para que la recuerdes más allá del otoño, porque ella sabía la sentencia borgiana: ‘Solo una cosa hay: es el olvido’”.

Hay una línea de interpretación del amor en este libro de Pablo McKinney que se inscribe en el concepto de que verdadero amor, el ideal, tiene que ver más con el renunciamiento y el sueño que con la realidad que somete a todo lo que toca a la devastación del tiempo, lo que Michael Curtis, el director de Casablanca, resume en una escena impecable en el momento de esa película cuando Rick Blaines (Humprey Bogart) convence a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) de que regrese a Europa con su marido en lugar de quedarse con él. -¿Qué pasará con nosotros? -pregunta ella y él le responde simplemente -Siempre nos quedará París. Es que el recuerdo de esos días luminosos para él ha de ser mucho más potente que envejecer junto a una mujer que en algún momento sentirá la culpa de haber abandonado a un luchador por la libertad como Victor Laszlo. El propio McKinney lo explica con una cita de Stendhal: “El hombre que no ha amado apasionadamente, ignora la mitad más hermosa de la vida”, pero la pasión no sobrevive si no es en el recuerdo, por eso el amor ideal que permanece en la memoria es siempre más intenso en el tiempo que el otro, el de la relación cotidiana que se estanca en la rutina de recordar que hay que comprar el pan, el arroz, los medicamentos y sacar a pasear al perro.

En El recuerdo y el amor, texto que figura en la página treinta y cuatro, el escritor narra una charla con un amigo en un colmadón de barrio, era viernes, lo que vetaba la excusa de que había que madrugar al día siguiente y solo quedaba entregarse a la dulzura de los tragos, hasta que el amigo dijo con la profundidad con la que los elixires añejados en cubas de roble suelen dar a las ideas: “Puede ocurrir, amigo, el recuerdo de un amor puede ser tan imperecedero, perturbador y doliente como el mismo amor”. Vencido por esta claridad, el escritor seguidamente cuenta: “Y seguimos en aquel templo etílico de pasiones, saboreando canciones como uvas de recuerdos, cada quien con los suyos, rumiando nombres, versos, momentos, soledades”.

El poeta más cerebral de la literatura americana, el hombre que fue capaz de inventar historias intrincadas sobre los sueños y las obsesiones, sobre la infinitud de una biblioteca y los senderos que se bifurcan en un jardín para desembocar en un laberinto que al final resultaba ser el tiempo, Jorge Luis Borges, escribió estos versos potentes en su claridad para referirse al amor: “El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo”, y esa mujer que siempre estará en el pasado, que regresará en cada tarde evocadora frente a una copa de vino o ante un ron destilado, es la que se pasea por las páginas de este libro de McKinney con la impunidad de que no se han escrito leyes que castiguen la nostalgia, con la seguridad de que el recuerdo es una de las pocas cosas que jamás podrá prohibir ningún cuerpo jurídico, como tampoco, jamás, podrá prohibirse el amor.

“Solo era cosa de naufragar en el mar revuelto de sus ojos de gata bruja, condenarme a morir en la cárcel de sus senos, extasiarme en soñar en su cuello, ver el mar blancoazul desde el portal de su pelo negro, y mandar a matar -por cobarde- al miedo. Como ve, señora, eran cosas simples como son las cosas importantes; el amor, por ejemplo”.

Son las frases finales de un texto que figura en la página treinta y ocho, que da título al libro, un verdadero compendio de nostalgias, de poemas soñados, de recuerdos envueltos en la pátina del tiempo como una forma de preservar su lozanía y su hermosura.

Solo una cosa omitió el autor en este volumen que reúne tantas reflexiones sobre el amor y sus vericuetos, tal vez no lo dice por la delicadeza con la que todo hombre está obligado a sobrellevar el desamor. Lo que Pablo McKinney no coloca en este libro, posiblemente porque lo da por sabido, es que siempre hay que estar cerca de los amigos que tienen penas de amor, porque ahí, la presencia del ron, del vino o del whisky, o tal vez de los tres juntos, está garantizada.