Saltar al contenido Saltar al contenido

Las Cataratas de Sangre en la Antártida revelan un secreto de más de un millón de años

Las Cataratas de Sangre en la Antártida revelan un secreto de más de un millón de años

En la Antártida, una corriente de color rojo intenso emerge del glaciar Taylor y desemboca en el lago Bonney, creando un paisaje que parece sacado de una película de terror. Este fenómeno, conocido como las Cataratas de Sangre, ha desconcertado a los científicos desde su descubrimiento. Su tamaño es descomunal, y basta con observar la imagen y comparar la cascada con la tienda de campaña ubicada en la parte inferior izquierda para dimensionar su magnitud. Ahora, un nuevo estudio ha revelado que estas aguas esconden un secreto que ha permanecido oculto bajo el hielo durante más de un millón de años.

Durante décadas, se creyó que el color rojo era causado por algas o incluso por sangre. Sin embargo, la verdad es mucho más fascinante: no se trata de plasma ni de algas. El geólogo Thomas Griffith Taylor descubrió este enclave en 1911, y desde entonces los investigadores han intentado descifrar su origen. La explicación, aunque sorprendente, no tiene nada que ver con la sangre humana o animal. En realidad, el color se debe a una comunidad de microorganismos que siguen vivos en uno de los entornos más hostiles de la Tierra.

Bajo el glaciar existe una salmuera, una solución de agua con una concentración de sal tan elevada que no se congela, a pesar de las temperaturas extremas. Esta agua arrastra hierro disuelto y, al entrar en contacto con el oxígeno al salir a la superficie, el metal se oxida, tiñendo el hielo de un rojo intenso. El resultado es un paisaje que parece de otro planeta, capaz de maravillar incluso a los más experimentados exploradores.

Un océano atrapado bajo el hielo

Las cataratas de sangre están formadas por microorganismos capaces de vivir en sistemas con una gran cantidad de sal. (Wikimedia/Peter Rejcek)

El verdadero hallazgo, sin embargo, es el origen de esa salmuera. Un nuevo estudio publicado en Nature Geoscience por un equipo de la Universidad de California en San Diego (UCSD), liderado por la microbióloga Angela Zoumplis, propone que el agua procede de un antiguo brazo de mar que quedó atrapado bajo el glaciar hace al menos 1,5 millones de años, durante un periodo cálido en el que el océano inundó el valle Taylor. Cuando el nivel del mar bajó y el hielo avanzó, aquel depósito quedó sellado, creando un ecosistema único y aislado.

Para confirmar esta hipótesis, el equipo analizó 167 muestras de agua, sedimentos, barro y aire recogidas en las Cataratas de Sangre, los Valles Secos de McMurdo y zonas marinas cercanas. El análisis del ARN ambiental, una técnica que permite distinguir organismos vivos de simples restos genéticos, reveló una comunidad de microbios activos en la salmuera. Los resultados mostraron una proporción de especies marinas muy superior a la del resto del valle. De hecho, el 9,34% de los eucariotas detectados en el glaciar Taylor coincidía con organismos del océano próximo, frente al 1,15% registrado en otros puntos de los Valles Secos.

Entre esos organismos aparecieron diatomeas, dinoflagelados, haptofitas y ciliados, grupos típicos del mar que no tienen ninguna explicación lógica en un valle interior cubierto de hielo. Además, su distribución descartó el viento como vía de llegada, ya que estaban concentrados justo alrededor de la salida de la salmuera, no dispersos por el entorno. Esto sugiere que estos microorganismos han estado atrapados y vivos en ese ambiente extremo durante milenios.

Por qué este hallazgo importa más allá de la Antártida

Los perfiles metatranscriptómicos del estudio de la UCSD mostraron que algunos de esos microorganismos mantenían rutas activas de fotosíntesis, respuesta al estrés osmótico y reparación celular, funciones que solo se activan en organismos vivos. Las redes de haplotipos, que rastrean la historia genética de las especies, revelaron además diferencias entre las diatomeas del glaciar Taylor y sus parientes actuales del océano, lo que apunta a un aislamiento prolongado y a una evolución propia durante cientos de miles de años.

Este descubrimiento tiene implicaciones que van más allá de la geología antártica. Demostrar que formas de vida pueden sobrevivir activas durante más de un millón de años en condiciones de oscuridad total, temperaturas bajo cero y salinidad extrema refuerza las hipótesis sobre la posibilidad de vida en otros cuerpos del sistema solar. Lugares como Europa, la luna de Júpiter, o Encélado, la de Saturno, donde existen océanos líquidos atrapados bajo capas de hielo en condiciones similares, podrían albergar formas de vida análogas. Las Cataratas de Sangre, con su impactante color rojo, no solo son un espectáculo natural, sino también una ventana a los misterios de la vida en el universo.

Fuente: Infobae