
Sé que este artículo incomodará a más de uno. No me sorprende. A los políticos no les gusta verse reflejados cuando la imagen no coincide con el relato que han construido. Pero escribir tiene sentido precisamente por eso. Si uno decide contar la realidad, debe aceptar que habrá lectores que prefieran discutir al autor antes que los hechos.
No creo que Alofoke sea un accidente. Tampoco pienso que haya aparecido por generación espontánea. Lo que vemos hoy también tiene responsables. Durante años fueron los propios políticos quienes acudieron al edificio rojo. Allí buscaron audiencia. Allí buscaron votos. Allí buscaron legitimidad. Algunos concedieron entrevistas. Otros llamaban para felicitarlo. Otros regresaban una y otra vez porque entendían que ese espacio les daba algo que sus partidos ya no podían ofrecerles.
Ahora descubren que ese mismo espacio puede convertirse en un actor político. Y ahí empezó la preocupación. No porque Alofoke haya cambiado. Lo que cambió fue la posición de quienes antes lo utilizaban sin hacerse preguntas.
Si algún día decide competir, estoy convencido de que su campaña será una de las más económicas de los últimos tiempos. No porque la política cueste menos. Será más barata porque los partidos hicieron durante años el trabajo más difícil: perder la confianza de una parte importante de la ciudadanía.
Yo veo a los partidos gastando millones para reunir personas durante unas horas. Veo autobuses, caravanas, tarimas y publicidad. Alofoke ya tiene reunida a esa audiencia todos los días. No necesita presentarse. Ya es conocido. No necesita alquilar atención. Ya la posee. Esa ventaja no garantiza una victoria, pero cualquiera que analice la política con serenidad tendría que reconocer que existe.
También observo que muchos dirigentes siguen haciendo campañas para un país que dejó de existir. Todavía creen que basta con recorrer barrios, repetir consignas y aparecer en una tarima. La conversación cambió de lugar. Hoy ocurre en una pantalla. Allí el ciudadano decide en pocos segundos si escucha o sigue de largo.
Hay otra realidad que tampoco conviene ignorar. Escucho hablar de renovación, pero sigo viendo los mismos nombres. Me hago una pregunta sencilla. ¿Quién representa una generación nueva en la Fuerza del Pueblo? ¿Quién en el Partido de la Liberación Dominicana? No encuentro una respuesta convincente. Se insiste en reciclar dirigentes mientras una parte del electorado busca algo distinto.
¿Votaría yo por Alofoke? No. No me veo haciéndolo. Pero mis preferencias no modifican los hechos. Yo no escribo para promover candidaturas. Escribo para analizar lo que está ocurriendo. Y lo que ocurre es que buena parte de la conversación política del país ya no pasa por los partidos tradicionales. Pasa por otros espacios. El edificio rojo es uno de ellos.
Si algún día decide cruzar el puente desde el edificio rojo a la casa roja, el escenario cambiará desde el primer minuto. Algunos todavía se ríen cuando escuchan esa posibilidad. Yo prefiero no reírme de los fenómenos que ya demostraron tener capacidad para alterar la política.
Con esta tercera entrega cierro una advertencia, no una sentencia. Todavía hay tiempo para que los partidos revisen su forma de hacer política. Lo que no veo es voluntad para hacerlo. Siguen contratando asesores extranjeros. Siguen invirtiendo grandes sumas de dinero. Siguen confiando en estrategias que cada elección desgasta un poco más su relación con los ciudadanos. Yo puedo estar equivocado. Ojalá lo esté. Pero si nada cambia, será el tiempo quien termine dando la respuesta.
Piro… vamos a divertirnos.
Demuéstrame que estoy equivocado…
