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IA y empleo: un debate que revive viejas tensiones laborales

IA y empleo: un debate que revive viejas tensiones laborales

La reconocida periodista Sarah O’Connor, corresponsal del Financial Times durante casi dos décadas, presenta en su obra We Are Not Machines un análisis profundo sobre cómo la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas modalidades de control laboral están reactivando viejas disputas relacionadas con la dignidad, la seguridad y las condiciones de trabajo.

El texto parte de una premisa fundamental: el conflicto entre seres humanos y máquinas no comenzó con la IA. La presión por incrementar la productividad, los riesgos para la salud derivados de tareas repetitivas y la pérdida del criterio propio y del trabajo artesanal tras la mecanización ya formaban parte de controversias previas.

O’Connor sitúa esa continuidad histórica en el propio título del libro, que alude a los carteles que portaban mineros suecos en 1969 durante una protesta contra nuevos métodos empresariales de vigilancia del rendimiento: “Vi är ej maskiner”, que significa “No somos máquinas”.

Una de las escenas que describe la autora ocurre en el almacén EMA4 de Amazon en Sutton Coldfield, donde robots y trabajadores colaboran en tareas de clasificación y almacenamiento de productos. El libro plantea esa convivencia no como una sustitución simple, sino como una reorganización del trabajo humano en torno a sistemas automatizados.

El almacén EMA4 de Amazon, donde robots y trabajadores comparten tareas de clasificación y almacenamiento de productos (REUTERS/Toby Shepheard)

Ese circuito se extiende más allá del almacén. La publicación detalla que instalaciones como EMA4 también dependen de trabajadores remotos en Costa Rica e India, encargados de monitorear transmisiones de video de estanterías de Amazon para auditar la precisión de los sistemas de cámaras con IA que registran la ubicación de cada artículo.

Estos empleados cumplen turnos de nueve horas y revisan hasta 8.000 videos por semana. Para O’Connor, ese dato demuestra que la automatización no necesariamente elimina el trabajo humano: también puede crear una nueva línea de producción en línea, basada en supervisar, corregir y sostener el funcionamiento de la máquina.

El libro regresa una y otra vez a la figura de Frederick Winslow Taylor, considerado el padre de la consultoría de gestión y un referente histórico en la búsqueda de máxima productividad. Aunque falleció hace más de un siglo, su lógica sigue vigente en muchos lugares de trabajo: dividir los procesos en partes discretas y medir cada componente para someterlo a control.

Frederick Winslow Taylor

O’Connor sostiene que el problema de fondo no es solo la tecnología, sino las ideas que la acompañan. En el libro escribe que herramientas aparentemente neutrales pueden introducir “ideas poderosas en el mercado por la puerta de atrás”.

Una de las premisas que cuestiona la autora es la tendencia a considerar intercambiables los aportes de personas y máquinas.

“Si ves el trabajo humano como un elemento que debe optimizarse dentro de un sistema complejo planificado y controlado desde arriba, entonces es probable que veas del mismo modo las posibilidades que ofrece la nueva tecnología”, afirma.

La autora también vincula ese razonamiento con una pregunta más amplia sobre el propósito del trabajo.

“Si el trabajo de una máquina es un poco peor que el de un humano, pero muchísimo más barato y más rápido, ese podría ser un intercambio que algunos empleadores, clientes y consumidores estén dispuestos a aceptar”, escribe.

Ese tipo de decisión ya tiene efectos visibles en experiencias cotidianas, como instrucciones confusas redactadas por IA o laberintos de atención al cliente manejados por chatbots. La cuestión, en ese marco, no es solo qué puede hacer la tecnología, sino qué nivel de calidad, autonomía y trato humano están dispuestos a sacrificar empresas y usuarios.

Los guionistas del Writers Guild of America, que recurrieron a la huelga para fijar condiciones sobre cuándo y cómo puede usarse la IA en los guiones (REUTERS/Mike Blake/File Photo)

Frente a ese panorama, O’Connor no describe a trabajadores y consumidores como actores pasivos. Entre los casos más alentadores del libro aparecen los guionistas del Writers Guild of America, que recurrieron a la huelga para fijar condiciones sobre cuándo y cómo puede usarse la IA en los guiones.

La autora también recoge el caso de trabajadores de cuidados en Países Bajos que crearon su propia práctica para adaptar la atención a cada paciente sin quedar sujetos a límites estrictos de tiempo. En ambos ejemplos, la respuesta no consiste en rechazar toda tecnología, sino en disputar quién decide sus reglas de uso.

Hacia el cierre, O’Connor plantea su advertencia más amplia.

“El objetivo podría ser hacer máquinas a nuestra imagen. Pero lo que temo es que, quizá sin darnos cuenta del todo, nos rehagamos a nosotros mismos a la suya”.

El libro deja esa discusión abierta: el futuro del trabajo todavía no está resuelto y sus términos siguen siendo objeto de disputa.

Fuente: Infobae