
La vida está en constante movimiento. Un plan se desvía, una persona reacciona de manera inesperada, surge un imprevisto o los resultados no coinciden con lo que se había imaginado. Ante estas circunstancias, mientras algunos individuos logran adaptarse con fluidez, otros sienten una intensa ansiedad y frustración al intentar que todo ocurra exactamente como lo planearon.
La flexibilidad cognitiva es una función cerebral que nos permite modificar nuestra manera de pensar y actuar cuando el entorno cambia. Más allá de su dimensión cognitiva, constituye una habilidad psicológica esencial: gracias a ella podemos revisar creencias, explorar opciones y responder de forma más efectiva ante situaciones novedosas o inciertas.
Cuando alguien reacciona con mayor rigidez frente a los cambios, esta capacidad de adaptación se encuentra menos activa; en lugar de aceptar que hay aspectos fuera de nuestro control, la mente intenta reducir el malestar aferrándose a certezas.

En este contexto, la mente suele confundir anticipar con controlar. Nos hace creer que, si pensamos lo suficiente, revisamos una y otra vez o consideramos todos los escenarios posibles, lograremos evitar la incomodidad. No obstante, esa búsqueda constante de certidumbre tiende a incrementar la ansiedad y fortalecer la percepción de que no estamos preparados para lo imprevisto.
La licenciada Agustina De Nardo (MN 88927), integrante del Departamento de Psicoterapia de INECO, explica:
“La verdadera fortaleza psicológica no consiste en evitar cambios en nuestra vida, sino en desarrollar la confianza de que podremos adaptarnos cuando estos lleguen, incluso cuando estén lejos de lo que se esperaba.”
Aceptar la incertidumbre no implica resignarse ni abandonar la planificación. Significa reconocer que hay elementos que dependen de nosotros —como tomar decisiones o la forma en que actuamos— y otros que no, como las reacciones ajenas, el resultado final de una situación o los imprevistos. Cuanto más intentamos controlar todas las posibilidades, mayor suele ser el desgaste emocional.
Estrategias para potenciar la flexibilidad
Desde la psicología basada en evidencia, existen estrategias prácticas para entrenar una mayor flexibilidad en la vida cotidiana:

- Diferenciar lo controlable de lo que no lo es: Antes de resolver una situación, es clave distinguir aquello que realmente podemos manejar, lo que solo podemos influir parcialmente y lo que simplemente escapa de nuestro control.

- Cuestionar las reglas rígidas: Cuando surjan pensamientos como “esto debe salir perfecto” o “solo hay una forma correcta de hacerlo”, resulta útil preguntarse si esa norma es realmente necesaria o si existen otras alternativas igualmente válidas.

- Generar alternativas y experimentar: Entrenar la mente para crear opciones ayuda a salir del pensamiento único y promueve decisiones más equilibradas. Se puede elegir una situación cotidiana donde se intente controlar cada detalle (por ejemplo, revisar un mensaje varias veces antes de enviarlo o indicar exactamente cómo otro debe realizar una tarea). Luego, probar hacerlo de manera diferente y observar qué ocurre en la realidad, en lugar de anticipar el resultado.

- Cambiar el enfoque de control a adaptación: Además de preguntarse “¿cómo lograr que esto salga como deseo?”, se puede añadir: “Si las cosas no salen como espero, ¿qué podría hacer yo?”. Este giro desplaza la atención del intento de controlar el resultado hacia la capacidad de adaptación y las acciones concretas que se pueden realizar.
En resumen, aprender a desarrollar flexibilidad cognitiva no significa rendirse; implica comprender que la seguridad no proviene de que todo ocurra según lo planeado, sino de confiar en nuestra propia capacidad para adaptarnos cuando eso no sucede. Aunque no siempre podemos elegir lo que ocurre, sí está a nuestro alcance aprender a responder de una manera más flexible ante ello.
Fuente: Infobae
