
Una reciente investigación publicada en Jama Network Open ha puesto en tela de juicio la fiabilidad de las entrevistas clínicas que se utilizan para diagnosticar trastornos mentales y aquellos relacionados con el consumo de sustancias. A pesar de que esta práctica sigue siendo habitual, los resultados obtenidos varían considerablemente según la condición evaluada, y aún no existe una alternativa consolidada que la reemplace, según informó el diario británico The Guardian.

La revisión analizó investigaciones sobre la denominada «fiabilidad test-retest» publicadas entre febrero de 2024 y septiembre de 2025, según explicó Laura Duncan, profesora de psiquiatría de la Universidad McMaster en Ontario y una de las autoras del estudio. Este método mide la frecuencia con la que una persona recibe el mismo diagnóstico al responder dos veces a la misma entrevista.
Para calcular esa consistencia, los investigadores emplearon el coeficiente kappa de Cohen, una herramienta estadística que ajusta la coincidencia que podría deberse al azar. En promedio, la fiabilidad fue notablemente mejor en los trastornos por consumo de sustancias, y el valor más alto se registró para el trastorno por consumo de opioides.
La profesora Duncan señaló que estas entrevistas «a menudo se tratan como un ‘patrón oro’ para evaluar trastornos mentales tanto en contextos clínicos como de investigación», pero sostuvo que no alcanzan a ofrecer “un punto de referencia que demuestre una validez y fiabilidad excelentes”.
Conducta observable genera diagnósticos más consistentes
Duncan atribuyó esta diferencia a la naturaleza de los criterios diagnósticos empleados. Los trastornos por consumo de sustancias se basan en gran medida en conductas medibles y verificables, mientras que en condiciones como la depresión o la ansiedad, los criterios dependen de experiencias internas difíciles de objetivar. Para ilustrar su punto, resumió: “A menudo es más fácil estimar cuántas bebidas tomaste en una semana que la cantidad de días que te sentiste triste o ansioso”.
El estudio incluyó trabajos sobre instrumentos como la Structured Clinical Interview for DSM-5, conocida como SCID y desarrollada por Michael First, psiquiatra y profesor de Columbia University, así como la Mini International Neuropsychiatric Interview, o Mini, que evalúan múltiples trastornos mentales. También se consideraron herramientas diseñadas para cuadros específicos, como la Clinically Administered PTSD Scale.
El propio First coincidió en que las entrevistas diagnósticas presentan una fiabilidad variable y que, con demasiada frecuencia, no logran diagnosticar correctamente a las personas. No obstante, criticó que el trabajo no detallara qué instrumentos concretos mostraron mejores resultados. “Sería bueno poder mirar esto y decir: ‘Oh, sobre la base de este artículo, debería elegir este por esta razón’. Eso le prestaría un verdadero servicio al campo. Pero simplemente no hay suficiente información aquí”, indicó.
En respuesta, Duncan señaló que esta limitación refleja la escasez de investigaciones disponibles durante el período examinado, y que los datos necesarios para resolver todas las objeciones planteadas aún no existen.

El debate entre entrevistas estructuradas y semiestructuradas
Otra crítica de First apuntó a un problema metodológico clave: el estudio analizó en conjunto entrevistas “completamente estructuradas” y “semiestructuradas” como si fueran herramientas equivalentes, cuando en realidad operan bajo lógicas distintas y producen resultados diferentes en términos de consistencia.
Las entrevistas completamente estructuradas tienden a arrojar el mismo resultado con mayor frecuencia al repetirse, ya que el entrevistador debe seguir un guion sin desviaciones. “Si la persona dice algo contradictorio, ni siquiera se te permite señalar que es contradictorio”, explicó el psiquiatra. Este formato se emplea a menudo en investigaciones epidemiológicas con grandes poblaciones y está diseñado para ser aplicado por personal con poca formación especializada.
En cambio, las entrevistas semiestructuradas están pensadas para que clínicos entrenados diagnostiquen a sus pacientes. En ese formato, el profesional puede adaptar las preguntas cuando la respuesta es vaga o contradictoria, hacer repreguntas y precisar la información. Esto puede mejorar la precisión del diagnóstico, aunque también vuelve menos estable la respuesta entre una sesión y otra.
Para First, mezclar ambos tipos en un mismo análisis distorsiona los promedios de fiabilidad y oscurece qué instrumento funciona mejor en cada contexto clínico o de investigación.

Duncan indicó que su equipo intentó extraer información sobre el formato de las entrevistas incluidas en la revisión, pero con frecuencia ese dato era impreciso o ni siquiera figuraba en los estudios analizados. Para la autora, esta ausencia de información es otra señal de que hace falta más rigor en el diagnóstico psiquiátrico.
First reconoció también que incluso las entrevistas estructuradas, a pesar de ser herramientas que él mismo ayudó a diseñar, están lejos de ser ideales. Según dijo, los psiquiatras llevan décadas esperando que algún día existan pruebas de laboratorio más objetivas para las enfermedades mentales. “Llevamos diciendo eso 50 años”, afirmó.
Por su parte, la profesora Duncan planteó otra posibilidad: que los clínicos se alejen de categorías diagnósticas estrictas, donde una condición está presente o ausente, y comiencen a pensar los síntomas en un espectro o continuo.
Fuente: Infobae
