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El poder de las palabras

El poder de las palabras

La palabra ha sido, desde siempre, el verdadero territorio del poder. No el dinero, no la ostentación, ni siquiera la fuerza. Los imperios más duraderos no se levantaron únicamente con armas, sino con relatos capaces de convencer a millones de personas de que obedecer era una forma de esperanza. Los políticos sin formación intelectual suelen creer que el poder descansa en las cuentas bancarias, en las caravanas blindadas o en el espectáculo vulgar de la riqueza. Se equivocan. El poder auténtico habita en la capacidad de construir una narrativa moral que conecte con la conciencia de los ciudadanos.

Viviendo en Suramérica comprendí esa verdad observando a José Mujica, un hombre que recorría Uruguay sin escoltas, conduciendo un viejo Volkswagen Escarabajo, conocido en el país como “Cepillo”. Aquella imagen, tan distante de los protocolos pomposos del poder latinoamericano, contenía una lección política de enorme profundidad. Mujica no gobernaba desde la soberbia ni desde el discurso inflamado de los demagogos. Su autoridad provenía de algo más difícil de alcanzar: la coherencia entre sus palabras y su vida.

Hablaba con sencillez, pero detrás de cada frase existía una ética. Y la ética, en tiempos de cinismo, se convierte en una forma de rebeldía. Ahí estaba la clave de su liderazgo. No necesitaba exhibir riqueza porque había comprendido que el ciudadano común desconfía menos de quien vive modestamente que de quien promete justicia mientras acumula privilegios.

La pregunta inevitable es si nuestras sociedades están preparadas para ese tipo de liderazgo. Me temo que no del todo. Vivimos en una época donde la corrupción ha dejado de ser una vergüenza pública para convertirse, en muchos casos, en motivo de admiración. Cuando una sociedad aplaude a un político corrupto en lugar de repudiarlo, algo profundo se ha roto en su estructura moral. Los valores se trastocan y la riqueza mal habida termina presentada como símbolo de éxito.

¿Qué hacer entonces frente a esta pandemia de corruptos? Tal vez vacunarnos contra el olvido. He de recordar que toda decadencia comienza cuando la ciudadanía renuncia a la memoria y a la crítica. Por eso prefiero, seguir escribiendo, seguir hablando, seguir enseñando, con la esperanza de despertar la conciencia de los jóvenes, porque en ellos todavía sobrevive la posibilidad de una sociedad menos cínica y más digna.

Demuéstrame que estoy equivocado.