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El hombre que vuelve

El hombre que vuelve

Durante años pensé que volvería a escribir una novela breve. No era una promesa ni un propósito anotado en una agenda. Era una idea persistente que aparecía mientras terminaba un poema, cuando cerraba un libro o regresaba de una conversación sobre literatura. Nunca desapareció del todo. Permanecía en un lugar discreto de mi memoria, recordándome que había una historia esperando en el computador. Hoy comprendo que no era yo quien la esperaba a ella. Era la novela la que aguardaba el momento en que pudiera escribirla con una conciencia distinta.

Con el tiempo aprendí que el escritor envejece de una manera particular. No envejece únicamente porque acumule años, sino porque cambia la forma de leer, de recordar y de juzgar lo que escribe. Hay páginas que a los cuarenta años parecían suficientes y que veinte años después resultan superficiales. También ocurre lo contrario. Uno encuentra en antiguos borradores una sinceridad que ya no sería capaz de reproducir. Esa contradicción acompaña todo el oficio.

Escribir consiste, en buena medida, en aceptar que nunca volveremos a ser el autor que fuimos.

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Mientras la novela esperaba, la poesía ocupó casi todo mi trabajo. Publiqué libros, corregí poemas y pasé muchas horas intentando encontrar una palabra más justa. La poesía me enseñó a desconfiar de la facilidad. Cada verso me recordaba que la primera versión casi nunca es la definitiva. Aprendí a borrar sin remordimientos y a aceptar que una página mejora cuando desaparecen las frases escritas únicamente para demostrar habilidad. Esa disciplina terminó acompañándome cuando decidí regresar a la novela.

Durante ese tiempo abría el manuscrito de vez en cuando. Leía algunas páginas y volvía a cerrarlo. Nunca sentí frustración. Sentía otra cosa, más difícil de explicar. Advertía que todavía no podía acompañar al protagonista hasta el final porque yo mismo no había recorrido suficiente camino. Un personaje no puede comprender aquello que el autor todavía ignora. Esa certeza me obligó a esperar.

Recuerdo las largas conversaciones en la librería con Basilio Belliard y Plinio Chahín. Hablábamos de novelas, de poesía, de filosofía y de los escritores que admirábamos. Sin embargo, siempre terminábamos hablando de la vida. Descubrí que después de cierta edad los libros dejan de ser simples objetos de estudio y pasan a convertirse en compañeros de conversación. Ya no buscamos únicamente una buena historia. Buscamos experiencias que nos ayuden a comprender mejor nuestro propio recorrido.

Las ferias internacionales del libro de Bogotá y de México reforzaron todavía más esa convicción. Conversé con Mario Bojórquez, con Rolando Kattan y con otros escritores cuya dedicación por la literatura continúa siendo ejemplar.

Ninguno hablaba del éxito con entusiasmo. Hablaban del trabajo, de la lectura, de la paciencia y de la responsabilidad que implica publicar un libro. Me alegró comprobar que todavía existen escritores interesados en perfeccionar una página antes que en conquistar una fotografía o una entrevista.

Vivimos un tiempo extraño para la literatura. Nunca se habían publicado tantos libros ni existido tantos autores visibles. Al mismo tiempo, pocas cosas envejecen con tanta rapidez como la celebridad literaria. Un libro ocupa durante unas semanas las conversaciones y poco después desaparece de los escaparates. Esa velocidad no favorece la escritura. La literatura necesita lentitud. Exige tiempo para escribir, para leer y también para olvidar. Ninguna obra importante nace de la prisa.

A comienzos de este año abrí nuevamente el manuscrito. Lo hice sin expectativas. Pensé que volvería a corregir algunas líneas y lo guardaría otra vez. Pero ocurrió algo distinto. Mientras avanzaba comprendí que el texto seguía esperando exactamente donde lo había dejado. El que había cambiado era yo. Mis preocupaciones eran otras. Había conocido pérdidas, alegrías, decepciones y aprendizajes que inevitablemente modificaban mi manera de mirar el mundo. Ya no podía escribir aquella novela con la voz del hombre que la había comenzado.

Entonces comprendí que el título también debía cambiar. “La casa y el silencio” describía correctamente el escenario, pero no alcanzaba el verdadero sentido del relato. El centro nunca fue la casa. Tampoco el silencio. Todo dependía de un hombre que decide regresar cuando supone que el tiempo ya ha pronunciado su última palabra sobre su existencia.

Mientras escribía descubrí que regresar constituye una experiencia profundamente humana. Yo mismo he vuelto muchas veces a Barahona. Siempre encuentro la mar, las calles, las voces conocidas y la memoria de quienes ya no están. Sin embargo, nunca regreso siendo la misma persona. Cada viaje modifica también el lugar al que vuelvo porque la memoria selecciona, corrige y reorganiza el pasado. Comprendí entonces que la novela hablaba tanto del personaje como de mí.

Nunca escribí este libro para demostrar una idea. Desconfío de las novelas que pretenden convencer al lector de una tesis previamente elaborada. La literatura comienza donde terminan las respuestas fáciles. Prefiero que las preguntas permanezcan abiertas. Mi protagonista intenta comprender cómo seguir viviendo cuando desaparecen muchas de las razones que habían orientado su existencia. Mientras escribía advertí que esa pregunta también me pertenecía. Los años obligan a revisar convicciones que parecían inamovibles. Esa revisión no produce tristeza. Produce lucidez.

También confirmé algo que había aprendido escribiendo poesía. La novela breve no admite distracciones. Cada escena debe justificar su presencia. Cada diálogo necesita acercar al lector al conflicto. Cada personaje debe ocupar el espacio exacto que le corresponde. Eliminé muchas páginas. Algunas me gustaban especialmente, pero comprendí que el afecto del autor nunca puede convertirse en un criterio literario. Es necesario renunciar incluso a lo que uno aprecia cuando deja de servir al conjunto.

Terminar “El hombre que vuelve” produjo en mí una satisfacción serena. No sentí euforia. Sentí alivio. Cerraba una conversación que había mantenido conmigo mismo durante muchos años. Comprendí que algunos libros llegan cuando el escritor posee finalmente la experiencia necesaria para escucharlos. Antes de ese momento únicamente existen apuntes, intuiciones y borradores.

Sigo escribiendo poesía. Continúo trabajando en ensayos y pienso en nuevas novelas. Nada de eso cambia mi manera de entender el oficio. Hoy escribo con menos ansiedad y con mayor exigencia. Ya no me preocupa publicar rápidamente ni participar en todas las conversaciones del momento. Me interesa escribir libros que puedan seguir siendo leídos cuando desaparezca el entusiasmo de la novedad.

Si esta novela tiene algún valor, no será porque haya esperado tantos años, sino porque me obligó a comprender algo que había olvidado. El tiempo no mejora automáticamente una obra. Lo que puede mejorar es el escritor. Cuando eso ocurre, el manuscrito deja de ser un proyecto inconcluso y encuentra, por fin, la voz que llevaba años buscando. Ese descubrimiento representa para mí el verdadero regreso. No solamente el del personaje que vuelve a su pueblo.

También el del hombre que volvió a encontrarse con la literatura desde un lugar más consciente, más libre y dispuesto a aceptar que escribir continúa siendo la forma más rigurosa que conozco de examinar mi propia vida.