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De tal palo, ¿la misma astilla? La tesis de la coherencia según Alejandro Fernández W.

De tal palo, ¿la misma astilla? La tesis de la coherencia según Alejandro Fernández W.

Por Rolando Espinal.-

Hay refranes que, por su peso específico en la memoria colectiva, se aplican con una ligereza que raya en la pereza intelectual. “De tal palo es la estilla” es uno de ellos. Suele usarse para justificar un destino, para atar la conducta de un hijo a la sombra inmóvil del padre, o para reducir una vida a un simple acto de repetición biológica. Sin embargo, cuando se trata de evaluar la trayectoria de Alejandro Fernández W., ese refrán deja de ser un lugar común para convertirse en una hipótesis exigente, que pide ser sometida al rigor de un analista y a la sensibilidad de un historiador. La pregunta no es si la astilla se parece al palo, sino cómo se parece, en qué se distancia, y, sobre todo, qué mecanismos invisibles convierten una herencia de apellido en una ética de Estado. Este artículo no pretende hacer una semblanza hagiográfica, sino validar—o matizar—esa hipótesis a través de los hechos, los números y la coherencia interna de un hombre que ha recorrido los pasillos del poder sin que el poder le dejara una sola mancha en el traje.

Para someter a prueba esta tesis, es obligatorio mirar primero al tronco original. Eduardo Fernández Pichardo, gobernador del Banco Central de la República Dominicana entre 1978 y 1980, fue para Alejandro mucho más que un progenitor ilustre; fue el primer depositario de una doctrina que no se enseña en los manuales de economía, sino en la cotidianidad del ejemplo. Aquella República Dominicana de finales de los setenta era un tablero complejo, donde la política monetaria se movía entre la inestabilidad global y las urgencias locales. Fernández Pichardo condujo esa nave con una pulcritud que pocos en el ámbito financiero han logrado igualar, administrando la masa monetaria con la precisión de un relojero y la transparencia de un notario. Pero el legado que realmente caló en el hogar no fue el de las tasas de interés o los encajes legales; fue el de la autoridad moral como forma de vida. En aquella casa, el trabajo bien hecho no era un eslogan de campaña, sino una divisa familiar; la palabra empeñada valía más que cualquier contrato con sello notarial; y la humildad no se veía como una debilidad estratégica, sino como la coraza de quienes saben exactamente quiénes son y a quiénes sirven. La abuela paterna, Venecia, solía hacer cuadres de caja junto al servicio doméstico al terminar cada jornada, detallando en qué y dónde se gastaba cada centavo. Esa obsesión por el orden y la transparencia en lo más pequeño fue el sedimento geológico sobre el que después se construiría una carrera internacional.

Si el tronco tenía esas características de solidez y rectitud, la pregunta inmediata es qué ocurrió con la estilla cuando fue expuesta a los vientos del mundo. Alejandro no se limitó a replicar el entorno; lo expandió. Su formación en el prestigioso circuito académico de Georgetown, la Universidad de Tufts, los pasillos de Harvard y las oficinas del Banco Mundial no fueron para él un simple catálogo de credenciales, sino un laboratorio de destilación ética. Allí donde otros acumulan títulos para engrosar un currículum, él acumuló preguntas. Leyó a los grandes pensadores de la filosofía moral no para citarlos en discursos de ocasión, sino para ponerlos a prueba en la trinchera de las decisiones financieras. Aristóteles definió la virtud como ese hábito de elegir el punto justo entre dos extremos; quien ha observado a Alejandro trabajar sabe que en su gestión no caben ni la dureza insensible ni la blandura cómplice. Kant nos legó el imperativo categórico de actuar de manera que nuestra conducta pueda erigirse en ley universal; Alejandro trasladó esa máxima a las auditorías bancarias, exigiendo a los intermediarios financieros lo que primero se exigió a sí mismo: cero dobleces. Cuando Rawls imaginó el velo de la ignorancia—diseñar las reglas sin saber qué lugar ocuparemos en la sociedad—, Alejandro lo aplicó al diseño de políticas inclusivas, colocando al usuario más humilde de un paraje rural en el mismo sitial de importancia que al gran empresario de la capital. Y Stephen Covey, en su arqueología de la efectividad, nos recordó que el carácter es el cimiento de la técnica; Alejandro demostró que su competencia no es un disfraz profesional, sino la epidermis de su propia humanidad.

Pero la teoría, por hermosa que sea, necesita ser confrontada con la tosquedad de los hechos. Y aquí es donde el expediente de Alejandro Fernández W. adquiere una densidad que desarma cualquier acusación de retórica vacía. Cuando asumió la Superintendencia de Bancos en agosto de 2020, el país atravesaba la peor pandemia en un siglo. La economía global se había fracturado, y el sistema financiero dominicano era un barómetro de la incertidumbre. Sin aspavientos, sin declaraciones grandilocuentes, desplegó una metodología de trabajo que hoy arroja cifras que hablan por sí solas y que merecen ser leídas con la atención que se presta a un balance general. Bajo su mando, ProUsuario gestionó más de 1.1 millones de contactos con usuarios financieros—una cifra que no es fría, porque detrás de cada interacción hay una historia de confianza vulnerada o de angustia resuelta. Logró que se devolvieran 785.9 millones de pesos a personas que habían sido víctimas de cobros improcedentes, y, mediante la iniciativa “Dinero busca dueño”, restituyó aproximadamente 379 millones de pesos a 2,895 depositantes de entidades desaparecidas hace más de un cuarto de siglo. Son cantidades enormes, pero quien las lee con perspectiva sabe que cada peso restituido es un pedazo de dignidad recuperada.

Más allá de la justicia correctiva, la gestión de Alejandro abordó la justicia distributiva con la paciencia de un urbanista. Su empeño por eliminar los llamados desiertos bancarios no fue una ocurrencia de última hora, sino una obsesión metódica. Hoy, gracias a su impulso, cada municipio dominicano cuenta con al menos un punto de acceso al sistema financiero formal, rompiendo el círculo vicioso que condenaba a la economía informal a perpetuarse en la marginalidad. El acceso al crédito y al ahorro dejó de ser un privilegio geográfico. Y el resultado de esa estrategia de inclusión se refleja en un dato estructural: 2.7 millones de dominicanos con acceso a financiamiento, frente a los 1.9 millones que habían quedado excluidos en la crisis anterior. Esa diferencia de 800,000 personas no es un margen estadístico; es la frontera entre la exclusión y la oportunidad.

En el capítulo de las crisis resueltas con pulcritud quirúrgica, la resolución de Bancamérica ocupa un lugar aparte. Por primera vez bajo la Ley Monetaria y Financiera, se logró transferir la totalidad de los activos y pasivos de una entidad disuelta a un banco solvente dentro del plazo establecido, garantizando la protección íntegra de los depositantes. No hubo titubeos, no hubo componendas políticas, ni rescates encubiertos; hubo ley, hubo método y hubo la firmeza de quien sabe que el sistema debe proteger al débil sin perdonar al infractor. Todo ello mientras el mundo se tambaleaba en el 2020 y las cadenas de pago amenazaban con romperse. Alejandro identificó a los deudores que ya no podían pagar, apoyó a los que todavía podían levantarse y diseñó un andamiaje normativo que evitó el colapso del crédito en el peor momento de la incertidumbre.

Sin embargo, lo que distingue a este funcionario de la media es que su obra no se agota en los grandes números de la macrogestión. Hay una dimensión casi artesanal en su paso por la Superintendencia: la digitalización de trámites que antes eran un calvario burocrático, la creación de una dirección de ciberseguridad para proteger los datos de casi tres millones de ciudadanos, y las 593 inspecciones realizadas a entidades financieras entre 2020 y junio de 2026 para mantener la integridad del sistema cambiario en la lucha contra el lavado de activos. Mientras otros funcionarios se entregan a la pirotecnia mediática, él prefirió el silencio del taller. Nunca lo vimos alzar la voz ni reclamar reflectores; su presencia imponía por la solidez de los argumentos, no por el volumen del decibelio.

Para quienes hemos tenido el privilegio de observar su trayectoria desde la cercanía, esta coherencia no es una sorpresa, sino la confirmación de un carácter forjado en el fuego de las pruebas personales. Alejandro ha confesado en algún momento que hubo días en que se sintió tumbado, perdido, durmiendo en un apartahotel y deseando no despertar. Esa fragilidad, que la mayoría de los hombres públicos esconde bajo una coraza de soberbia, él la asumió con la entereza de quien entiende que el abismo es parte del paisaje. Esa experiencia, como el acero que pasa por la fragua, le otorgó una dureza templada que solo tienen los que han visto el fondo y han decidido escalar hacia la luz. Por eso, cuando entra a una sala de juntas, no necesita imponer; su sola presencia, respaldada por su obra, desarma las resistencias. Cuando sale de un cargo, no mira atrás con soberbia, sino con la gratitud de quien sabe que todo lo que tiene es un préstamo que la vida le ha hecho, y que debe devolverse con intereses en forma de bienestar colectivo.

En ese sentido, la hipótesis del refrán popular empieza a revelar su verdadera textura. De tal palo es la estilla no significa, en el caso de Alejandro, una copia fotostática de la personalidad del padre. Eduardo Fernández Pichardo fue el gobernante de una política monetaria analógica; Alejandro ha sido el supervisor de un sistema financiero digital, globalizado y exponencialmente más complejo. El palo es el mismo en la esencia—la ética del trabajo, la pulcritud en el manejo de lo ajeno, la distancia infranqueable respecto a la tentación del poder—, pero la estilla ha tenido que adaptarse a un ecosistema nuevo, donde los riesgos son cibernéticos, las transacciones son instantáneas y las expectativas de la ciudadanía son mucho más altas. La savia que circula es la misma, pero la madera se ha vuelto más resistente al embate de la intemperie moderna.

Al anunciar su salida de la Superintendencia, Alejandro lo hizo con la serenidad de quien ha cumplido una misión y no con la amargura de quien se despide de un feudo. “Fue una decisión que, como se imaginarán, he venido discerniendo por mucho tiempo y a la que arribé, junto a mi familia, con paz y convicción”. En ese discurso de despedida, hubo un gesto que ilumina toda su trayectoria: recordó que el primer día de su gestión, en agosto de 2020, dedicó su juramentación a su padre. Hoy, seis años después, aquella dedicatoria no solo está cumplida, sino ampliamente superada. Y al agradecer al presidente Luis Abinader la confianza depositada, fue especialmente enfático en un punto que a menudo se pasa por alto en la política dominicana: “Desde el primer día me dio lo que un supervisor bancario necesita y no puede otorgarse a sí mismo: autonomía, confianza y respaldo. En seis años, ni una sola llamada para pedirme lo indebido. Ni una”. Esa declaración no es un elogio retórico al jefe de Estado; es la constatación de que la independencia técnica con la que trabajó aquella institución no fue una concesión, sino una decisión política sostenida en el tiempo. Y es, al mismo tiempo, una lección implícita para las futuras generaciones de servidores públicos: el poder puede respetar los límites de la técnica si el funcionario tiene el valor de trazarlos con claridad.

En el plano teórico, la tesis de la coherencia que hemos venido explorando encuentra aquí su máxima expresión. Alejandro no es un académico de escritorio ni un tecnócrata insensible. Ha leído a los clásicos de la ética, pero los ha vivido en la trinchera. No se ha limitado a supervisar; se ha puesto del lado de la gente, entendiendo que la autoridad es un préstamo que el pueblo hace y que debe devolverse con intereses en forma de orden, seguridad y confianza. Su paso por el consejo de la Universidad APEC, del CONEP, de AMCHAM, siempre estuvo marcado por el diálogo constructivo, por la búsqueda del punto de encuentro entre el capital y la comunidad, entre la eficiencia y la equidad.

Pero hay un último componente en esta biografía que merece ser destacado, porque conecta directamente con el alma del lector intelectual que busca no solo información, sino inspiración. Alejandro ha entendido que la verdadera grandeza no está en aferrarse al cargo, sino en sembrar para que la cosecha sea abundante, aunque otros recojan los frutos. Esa es la estatura de un rey, pero no un rey de coronas y cetros, sino un rey de esos que saben que su reino está en el corazón de la gente, en el orden de las instituciones y en la paz de los que confían en el sistema. Cuando hoy se prepara para nuevos aires, no se va con las manos vacías; se lleva la certeza de haber transformado la autoridad en servicio, y de haber demostrado que se puede hacer política de altura sin bajar al barro, gestionar con eficiencia sin perder la calidez, y tener poder sin que el poder te consuma.

Retomemos, finalmente, la hipótesis inicial. ¿De tal palo es la estilla? La respuesta, después de recorrer los hechos, es afirmativa, pero con una salvedad crucial que la vuelve más flexible y, por tanto, más verdadera. No es el palo en abstracto el que determina a la estilla, sino la forma en que la estilla decide asumir la savia del tronco. El padre proporcionó el suelo y las raíces; el hijo eligió crecer hacia una luz distinta, más alta y más amplia, enfrentando tormentas que el viejo árbol quizás nunca imaginó. La herencia no es un destino, es un punto de partida. Y Alejandro convirtió ese punto de partida en una ruta. Por eso, al cerrar este ejercicio de reflexión, el lector no debería quedarse con la anécdota de un funcionario eficiente, sino con la incomodidad productiva de la pregunta: ¿estoy yo, en mi propia trinchera profesional, siendo una estilla digna del palo que me formó? ¿O estoy desperdiciando la savia heredada?

Alejandro Fernández W. no es un profesional de un solo terreno; es un cuatro por cuatro, diseñado para transitar por el barro de las crisis y las autopistas del desarrollo sin perder la tracción, sin perder la elegancia ni la firmeza. Su paso por la vida pública deja una lección que trasciende las fronteras de la República Dominicana y llega a esa diáspora intelectual que observa desde el extranjero con el anhelo de ver a su país gobernado con decoro. Hoy, al despedirnos de su gestión, no le deseamos suerte—porque la suerte es para los que improvisan—; le deseamos nuevos horizontes donde su inteligencia y su bondad sigan dando frutos. La hipótesis está validada: de tal palo es la astilla, pero solo cuando la astilla tiene la voluntad de ser, además, un nuevo árbol. Que el cielo, que es su único techo, le siga sonriendo, y que su ejemplo nos empuje a todos a querer terminar bien nuestras propias tareas, con la misma vocación de servicio, la misma pulcritud y la misma grandeza silenciosa que él nos ha legado.