
Bárbara Pistoia es una figura polifacética: escritora, ensayista y gestora cultural que aborda con agudeza el devenir de las urbes, la música popular y los conflictos sociales. Nacida en Buenos Aires, emigró a Santa Fe capital en 2021 y desde hace año y medio reside en Rosario. Su pluma, difícil de emular por inteligencia artificial alguna, la consagra como una crítica lúcida y una pensadora versátil.
Autora de Por qué escuchamos a Tupac Shakur y ¡Ay, amor! Un ensayo sobre la cumbia santafecina, ambos publicados por Gourmet, también produjo Todo Diego es político, una compilación de once ensayos de once autoras sobre Diego Maradona (Síncopa Editora). Fundó Hillipower Club, el primer espacio hispanoamericano dedicado a historiar la cultura hip hop, y durante siete años (2018 a 2025) redactó el newsletter Delivery, centrado en ciudades y artes.
Recientemente, la editorial Marciana lanzó Una guerra en paz, su nuevo libro cuyo subtítulo reza Comunidad, trabajo cultural y deseo en las ciudades gentrificadas. Allí despliega reflexiones sobre política, economía y sociedad en el poscapitalismo, con bibliografía especializada, datos precisos y una elegante capacidad para hilvanar temas diversos, sin ocultar una dosis de indignación ante la injusticia y la crueldad de ciertos procedimientos.
A continuación, la transcripción de una extensa charla por Zoom en una mañana invernal, donde el frío no logró apagar su pasión.

— ¿Cómo explicarías la gentrificación a alguien que no conoce el término?
— Me gusta reducirlo a lo esencial: es un proceso de especulación inmobiliaria que genera desplazamiento de comunidades y desafectación social. El motor es el negocio inmobiliario, pero el Estado actúa como gestor. Existe un graffiti viral que dice: “abandonar, intervenir y gentrificar”. Se provoca abandono, se interviene para agravarlo y luego se justifica la gentrificación, que dota al lugar de una estética ajena a la original. Lo crucial es que entre el abandono y la intervención hay criminalización. No me alcanza la palabra “intervenir” para describir lo perverso del proceso. El relato cultural nace con el Bronx, pero se replica en varias zonas. En Buenos Aires, yo vivía en Parque Patricios y mi abuelo decía: “Nos quieren tirar al Riachuelo”. Gentrificar es desplazar habitantes de barrios obreros o populares, volviendo la zona accesible solo para clases altas. La disputa es siempre por la tierra.
— Es una lucha por quién posee el suelo.
— Exacto. Hay un poder económico inmobiliario que ahora es casi Estado: muchos funcionarios son parte del sector inmobiliario y deciden para quién es la tierra. Lo demás —murales, cafeterías de especialidad— es decoración. La pelea real es por el metro cuadrado y quién puede acceder a él.

— En tu libro abordas la gentrificación desde una perspectiva interseccional: género, clase, raza, discapacidad. También mencionas a los artistas que, sin saberlo, facilitan el negocio.
— Lo que subrayo es que tarde o temprano todos seremos desplazados. Hay que escuchar. No se trata de medir quién es más víctima, sino de revisar reclamos para no terminar siendo víctima también. Creo en el abordaje racial que incluye género y clase. En Argentina, se racializa la clase social y la ideología, mientras la raza se ve como extranjera. El país blanco no reconoce a sus negros; si alguien no es blanco, es boliviano o norteño. Esto se refleja en frases como la de Jorge Macri: “Vamos a poner un muro de control para proteger a los porteños”. La racialización de la clase asocia al pobre con el peronista negro. Vuelvo a “nos quieren tirar al Riachuelo”, ese sur estigmatizado. Me gusta una frase de Cerati: “lo que para arriba es excéntrico para abajo es ridiculez”.

— ¿De qué canción es?
— De “¿Por qué no puedo ser del jet set?”. Pienso en bares remodelados, incómodos, con comida industrializada, y la gente feliz. Esos espacios no están pensados para familias ni sobremesas largas, sino para jóvenes que van por un rato. Si planificas ciudades para una juventud eterna, todos dejarán de ser jóvenes algún día. Hay bares viejos donde el café cuesta 2 mil pesos y otros nuevos donde pagas 10 mil. Eso rompe la confianza del barrio y el entramado social.
— Hablabas de los artistas en este esquema.
— Los artistas llegan con juventud y talento, pero irrumpen en un entramado frágil. El graffiti y el muralismo, antes clandestinos, ahora son regulados por el Estado, que decide quién pinta. El Estado interviene sobre lo no hegemónico para volverlo estético. Además, el espacio público se satura de actividades programadas que controlan tu ocio. Quiero leer en el parque tranquila y hay 20 eventos municipales bajando línea.

— ¿Esto ocurre en Buenos Aires, Rosario, el mundo?
— Pasa en muchas ciudades. En Rosario, la cultura pública devora a la independiente. Hay mucha actividad pero sin propósito. Marina Garcés dice: “hay un montón de actividades y no pasa nada con ninguna”. Es un manual de gentrificación: un Estado ocupando el espacio público y controlando el ocio. La mayoría de artistas en Rosario son porteños de Palermo, no traen propuestas alternativas. Hay un lavado de mensajes.
— ¿Cómo equilibrar progreso y preservación cultural?
— La pulsión principal de la cultura es el conflicto, y es virtuoso mantener tensiones abiertas. Trabajamos en condiciones precarias, sin infraestructura, con ingresos bajos e informales. Pedir riesgos es utópico, pero si no lo hacemos, quedamos atrapados en un sistema que evita la contracultura. Entiendo que, en medio del despojo, uno se aferra a lo poco que tiene. Pero al menos debemos dejar registro y preguntas abiertas para que surja otra imaginación.

— Las ciudades cambian por necesidad, no por nostalgia.
— Soy poco romántica. Amo la arquitectura antigua, pero nuestras vidas ya no son así. Las ciudades no son fijas; deben crear clases medias, atender lo que pasa en la periferia, tener conectividad y transporte. En Argentina no se habla de trenes. Para producir clases medias, la ciudad debe cubrir necesidades cerca de las zonas, sin segregar. El acceso a la vivienda es clave. No defiendo ruinas, sino la identidad de las ciudades como memorias. Las decisiones de hoy impactarán por 50 años. Recién vemos las consecuencias del primer boom gentrificador en Buenos Aires (2005): monoambientes de 25 metros cuadrados e inaccesibilidad. Hay que preguntarse: ¿a quién favorecerá esa torre?

— ¿Cómo se refleja eso en datos?
— Según un informe de Cippec, entre 2001 y 2022, la población de Rosario creció 13,4%, pero las viviendas aumentaron 36,4%. Hay 32 mil viviendas vacías, concentradas en barrios gentrificados. Rosario es la primera ciudad con mayor vacancia, seguida por Buenos Aires (100 mil viviendas vacías) y Córdoba. La vacancia revela especulación inmobiliaria. Quienes mantienen departamentos vacíos tienen dinero. También crece el alquiler turístico tipo Airbnb.
— En el libro hablas sobre la conversación como arte perdido.
— Sin conversación, no hay relación, vínculo, ciudadanía, barrio ni crecimiento propio. Ocurren dos cosas: el tiempo se mide en productividad y se fortalece la endogamia y el sesgo. Cuando estás convencido de tener razón, el otro es un enemigo. Sin conversación no hay humanización. Salgo a caminar y hago cuentas en la cabeza; si hablo con un vecino, es rápido porque tengo que resolver algo. Ni siquiera escucho.
— Es perder el tiempo.
— Exacto. ¿Qué voy a ganar? Es un momento narcisista. Todos hacen placas en Instagram con “postas” y “factos”. Todo se vuelve contenido. ¿Cómo conversas con alguien así? Para los que amamos las sobremesas largas, es difícil.
— La conversación no busca resultados; el diálogo sí.
— El diálogo es resultadista. Vivimos una época de reafirmación: leo al que dice lo que yo diría. Si se desvía un poco, cancelado. La conversación es lo opuesto: delirio, bohemia, tertulia. Es como un aquelarre alrededor del fuego, un canto popular. Pienso en Víctor Jara: salir a la periferia, escuchar a los nadie, mirar donde nadie mira. La conversación es la forma de traficar saberes populares. Es patrimonio cultural y humanitario.
Fuente: Infobae
