
El poder tiene una costumbre curiosa: nunca se despide. Hace discursos de despedida, reparte abrazos, promete institucionalidad, posa para las fotos y hasta habla de relevo. Pero, cuando llega la hora de recoger los cuadros de la oficina, mira hacia atrás con una nostalgia muy selectiva. Luis Abinader conoce ese problema. Lo conocen todos los presidentes que han pasado suficiente tiempo en el despacho para confundir la costumbre con el destino.
En los partidos, la sucesión se anuncia como una fiesta democrática. Luego empiezan los codazos. Aparecen los intérpretes oficiales del líder. Surgen los expertos en traducir silencios. Si el jefe bosteza, alguien encuentra una línea política. Si sonríe, otro descubre una estrategia nacional. Y mientras tanto, los aspirantes se observan como pasajeros que han visto una silla libre en un autobús lleno.
Abinader enfrenta esa pelea. No porque quiera admitirlo, sino porque la política tiene la desagradable manía de recordar lo evidente. El dirigente que se marcha suele querer influencia. A veces mucha. A veces toda la posible. La figura del árbitro neutral es una de las leyendas más entretenidas del oficio.
Leonel Fernández libra otra batalla. Cuando el poder parece acercarse, aunque todavía esté lejos, ocurren fenómenos interesantes. Algunos colaboradores empiezan a caminar con el entusiasmo de quien ya vio el decreto. Reciben llamadas, saludos especiales y tratamientos anticipados. Los nombran ministros en conversaciones privadas. Les sirven café con una cortesía reforzada. Y algunos terminan creyendo que la campaña ya terminó.
Entonces aparece la soberbia temprana. Se cierran puertas antes de abrir oficinas. Se apartan aliados potenciales. Se mira por encima del hombro a personas que todavía pueden ser necesarias. Todo por cargos que aún viven en el terreno de la imaginación.
Entre el que gobierna y el que sueña con gobernar hay una disputa permanente. El detalle es que nunca se sabe cómo termina. A veces surge una figura inesperada o el favorito se distrae. En el país político de Balaguer y Bosch y Peña, el poder suele cambiar de manos por genialidad propia o por errores ajenos. Y esa costumbre sigue sin cambiar.
Por eso nadie debería celebrar antes del último conteo: la política criolla disfruta arruinando pronósticos cuidadosamente elaborados cada día.
Demuéstrame que estoy equivocado…
