
Mientras me entregaba el programa, la acomodadora me comenta: «Hoy sí está lleno de muchachos». Al girarme hacia el escenario, le sonreí y comprendí a qué se refería. Estaba repleto de adolescentes de entre 14 y 17 años, vestidos con polos negros y pantalones escarlata, el atuendo de la NYO2 en esta temporada. El ambiente ya era vibrante, pero no estamos hablando de una orquesta juvenil cualquiera: la NYO2 cerraba en el Teatro Nacional el exitoso periplo que comenzó el pasado fin de semana con una presentación a cielo abierto en la Zona Colonial y una presentación a casa llena en el Gran Teatro del Cibao, bajo la dirección de Mei-Ann Chen y con Tessa Lark como violinista solista invitada.
La energía desbordante es sinónimo de casi cualquier orquesta juvenil, pero esta la tenía a raudales. Más allá del entusiasmo, gran parte del éxito y el atractivo del concierto se debió tanto a la presencia magnética de Chen en el podio como a la programación. Camino a su llegada al país el pasado sábado, en entrevista con elCaribe, la propia directora ya anticipaba que, más allá de la excelencia técnica, el público escucharía “pasión, emoción, una energía increíble y amor por lo que hacen”. Y lo que pasó en Santiago y en Santo Domingo confirmó cada palabra.
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Chen, centro de gravedad
Desde el primer compás del Danzón núm. 2, de Arturo Márquez, quedó claro que el entusiasmo no sustituye la disciplina, sino que la eleva. La obra, considerada poéticamente como el “himno sinfónico” de las Américas, avanzó con flexibilidad, sensualidad y precisión; y Mei-Ann Chen convirtió el podio en centro gravitacional: en medio de un performance interpretativo ejecutado por los músicos, la directora marcaba, sonreía, saltaba, invitaba a respirar y, cuando era necesario, afirmaba el carácter con un gesto preciso: una maestra de ceremonias con un control arquitectónico de la interpretación.
The Mestizo Waltz, de Gabriela Lena Frank, prolongó el diálogo entre tradición sinfónica e identidades americanas. Después llegó Sky, de Michael Torke, escrito para Tessa Lark: un concierto que funde lenguaje clásico, bluegrass y raíces del fiddle irlandés. La obra, finalista del Pulitzer de Música en 2020, utiliza en sus tres movimientos técnicas y giros derivados del banjo, los reels y el violín popular, sin improvisaciones, todo cuidadosamente escrito.
Lark no apareció como visitante ornamental, sino como parte orgánica de aquella maquinaria juvenil. Tocó con virtuosismo limpio, libertad rítmica y un carisma sin afectación. Su violín podía cantar con delicadeza y, segundos después, encender la sala con acentos, pizzicati y una energía corporal contagiosa. La orquesta respondió con reflejos rápidos y una alegría que hizo de Sky una experiencia performativa: jóvenes músicos que tocaban, se movían, bailaban y celebraban la música sin rebajar una sola exigencia técnica.

París y Roma dentro del teatro
Tras el intermedio, Un americano en París permitió comprobar la madurez de las secciones. Gershwin compuso la obra en 1928 y la estrenó mundialmente en Carnegie Hall; su partitura transforma bocinas, ritmos de jazz y nostalgias urbanas en el paseo sonoro de un estadounidense por la capital francesa. La NYO2 hizo visibles sus contrastes: desenfado callejero, elegancia, melancolía y empuje rítmico, con solos que confirmaron la musicalidad individual de estos adolescentes.
Los pinos de Roma, de Respighi, por su parte, constituyó el momento más inmersivo de la noche. Sus cuatro episodios recorren Villa Borghese, una catacumba, el Janículo y la Vía Apia; la enorme plantilla incorpora instrumentos fuera del escenario y convierte el espacio en parte del poema sinfónico. Cuando los metales sonaron desde el balcón, el Teatro Nacional dejó de contener a la orquesta: fue tomado por ella. El avance final creció como una procesión inevitable, monumental, hasta desembocar en una ovación tan sonora como merecida.
El futuro también baila
En el tramo final del concierto, los bises revelaron el sentido afectivo de la visita. El ángel de Formosa, de Tyzen Hsiao, vinculó la herencia taiwanesa-estadounidense de Chen con la cooperación musical celebrada aquella noche. Finalmente, La Bilirrubina, de Juan Luis Guerra, en arreglo sinfónico de Amaury Sánchez, derribó la distancia entre escenario y sala. Chen brincó, los músicos bailaron y el público respondió de pie.
Sin pantallas ni artificios escénicos, la NYO2 demostró cómo convertir un recital de música clásica en una experiencia performativa e inmersiva: dominio técnico, imaginación, entrega y una energía capaz de ocupar hasta el último rincón del teatro. Fundación Sinfonía y Carnegie Hall ofrecieron un concierto de alta calidad, pero también una imagen conmovedora del porvenir. Si estos jóvenes representan el futuro de la música clásica, ese futuro no solo está en buenas manos: está vivo, baila y sabe cómo hacerse escuchar.
