
Valentín Amaro
Especial para elCaribe
Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestro invitado es Eduard Tejada, quien es cuentista, ensayista y activista cultural dominicano. Nació en Tenares, Provincia Hermanas Mirabal en 1979. Se graduó de licenciado en Derecho cum laude en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) en 2003. Desde 2008, pertenece al Taller de Narradores de Santiago. Es miembro fundador del Taller Literario Francis Livio Grullón de Tenares y fue su coordinador de 2008 a 2011. Desde 2013, es miembro del Ateneo Insular. Ha participado en varios paneles en la Feria Internacional del Libro Santo Domingo. Ganó, en 2009, el segundo lugar en el renglón cuento en el Segundo Concurso Regional de Literatura organizado por la Fundación para la Acción Comunitaria (FUNDACOM) de San Francisco de Macorís. Ese mismo año, publicó el libro de cuentos “Reloj de papel”. En 2018 publicó “Pienso, luego escribo” (ensayos) y “De caminos invisibles y lugares infinitos” (artículos). Desde 2021 produce y conduce el pódcast “Tertulia Literaria Papelmaché”.
La llamada
Es tu primera vez en una celda. Ese sólo hecho es suficiente para incomodar a cualquiera y más si se trata de un destacamento policial dominicano.
El tipo con el cabello pintado de amarillo comienza a mirarte raro. Con la expresión de su rostro parece preguntarte por qué una persona de aspecto decente como tú termina en un lugar como este. Quieres que el tiempo se acelere, para no verte obligado a contestar la ineludible pregunta. La respuesta te avergüenza mucho.
Esperas con ansiedad la llegada de tu abogado mientras repasas en tu mente los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas de tu habitualmente aburrida vida. Piensas, “La verdad que estos desgraciados son eficientes cuando los presionan”.
Tres semanas atrás fue cuando el invariable discurrir de tu existencia comenzó a cambiar. Escuchaste a alguien o algo en tu cabeza, una voz como la de tu padre que te decía: “tienes que evitar el fuego en el cielo”. Esas enigmáticas palabras que podías interpretar de mil maneras diferentes. Elegiste una muy literal.
La sobrina que más quieres te había regalado por esos días ese maldito aparato que siempre te rehusaste a usar. Seguías escuchando la autoritaria voz de tu padre, la que cuando eras muy joven forjó en ti un alto sentido de responsabilidad, quizás eso fue lo que te impulsó a hacerlo, la viste como una infalible y bien intencionada revelación del más allá.
El día anterior a tu apresamiento, las trágicas imágenes que viste en algún noticiero de la mañana para ti fueron una señal de que ese era el momento. “No debo atribuirme el crédito, no diré mi nombre”. Querías permanecer anónimo no porque sintieras que lo que hacías no era correcto, sino porque te considerabas un simple instrumento de la divinidad.
La voz de tu padre seguía martillando con esa frase apocalíptica en tu cabeza. No sería hasta el juicio cuando descubrirías, por el testim onio experto del Doctor Hernando, que el exceso de hierro en tu sangre era lo que te hacía escuchar a Don Plinio González después de veinte años de su partida del mundo de los vivos.
Mientras tanto, seguías compartiendo ese ambiente sofocante y opresivo de la cárcel. La policía había rastreado la llamada que hiciste desde el celular y lo peor era que nadie creería tu versión. Pensarían que eras otro loco viejo tratando de llamar la atención.
Como era de esperarse, tus compañeros de infortunio insistían con la pregunta:
—¿Qué fue lo que hicite?, manín.
Sólo querías que el licenciado Martínez agilizara lo de tu audiencia en el tribunal de instrucción, pagar la fianza, poder ir a tu casa a pensar tranquilamente otras posibles interpretaciones para evitar la “inminente” tragedia.
Uno de los policías que hacen guardia en el recinto lleva debajo del brazo el periódico de esta mañana y con expresión burlona en su cara, muestra a los demás reclusos la primera plana, te señala y en tono sarcástico dice:
—Señores, saluden al héroe del día.
Aunque no te henchía de orgullo, eras el protagonista del titular principal: “Falsa alarma de bomba detiene operaciones en Aeropuerto de las Américas”.
Tiempo de morir
George camina por una de las calles donde anduvo cuando niño.
Es una hermosa mañana dominical. Ese cielo azul de los suburbios y ese sol brillante, siempre le han parecido algo tan emocionante, tan fascinante. Todavía ciertas reminiscencias lo hacen aferrarse a ese sentimiento por lo que “Definitivamente —piensa— si alguna vez tuviera que suicidarme, no lo haría un día como este”.
A pesar de los sombríos pensamientos que lo atormentan, hace un supremo intento para que estos no se hagan tan evidentes.
—Buenos días, don Julio, ¿cómo se siente hoy?
—Aquí, un poquito más viejo que ayer —fue la manida respuesta del sacristán.
George lo recuerda con el mismo semblante de cuando él hizo su primera comunión.
Llega con unos minutos de retraso, mientras alguien canta el salmo. Apenas hay donde sentarse. Siempre le pareció que la misa de domingo era el espacio ideal para reencontrarse con sus amigos de siempre. Así mantenía un sentido de pertenencia a la comunidad y cierta normalidad en su vida.
El sacerdote no era de los que había conocido en la parroquia, pero eso era normal, a él le sucedía algo parecido. Su trabajo le impedía echar raíces en un lugar, aunque eso no le incomodaba, más bien se sentía aliviado de que así fuera.
El padre en la homilía comenta el texto del capítulo tres del Eclesiastés. Es el favorito de George, escucharlo le da cierta conformidad.
—Cada cosa tiene su tiempo, tiempo de sembrar, tiempo de cosechar, tiempo de llorar, tiempo de reír…
Esas palabras de alguna manera dan sentido a sus actos. Había tenido que hacer cosas terribles, pero bajo esa premisa bíblica, él encontraba cierta justificación, aunque muchas veces la culpa lo enloquecía.
George experimenta ese sentimiento de seguridad, que a veces puede dar la distancia. Ella separa a un hombre de sus acciones de otros tiempos y otros lugares, que, de tenerlas más cercanas, no le posibilitarían el sosiego.
Los fieles son invitados a recibir la comunión. George decide quedarse en su asiento. En el catecismo le enseñaron que no puede comulgar sin antes haber confesado sus pecados.
Se queda un poco atrás, aguardando que los demás feligreses salgan del templo. Espera que el sacerdote esté solo, se le acerca con cierta timidez y le dice:
—Padre, ¿sería tan amable como para oír mi confesión?
—Cómo no, hijo mío.
George, se arrodilla ante el confesionario.
—Padre, creo que ni siquiera Dios me puede perdonar.
—No digas eso, hijo, el señor es compasivo y misericordioso. Puedes continuar.
George es bastante explícito con el padre Gregorio, quien se esfuerza en ocultar su repugnancia ante algunas de las obvias agresiones al decálogo; le indica la penitencia a cumplir y termina con la fórmula sacramental que los sacerdotes dicen al final de la confesión.
—Muchas gracias, padre, la verdad es que antes de venir aquí no podía soportar la culpa.
—Que el señor de paz a tu corazón, hijo mío.
Se había alejado como a tres cuadras de la iglesia, cuando de repente, siente un fuerte golpe en la nuca, cae tendido sobre la acera y pierde el sentido.
A pesar del zumbido en los oídos y la persistente jaqueca, logra oír voces. Una luz que apenas puede luchar contra la oscuridad que invade la pequeña habitación, ilumina el exótico rostro de aquella pobre muchacha. Una imagen difusa que él se esforzaba (sin éxito) en borrar de su memoria, le apuntaba con un arma. George permanece extrañamente sereno. En ese momento no le teme a la muerte. Reconoce el idioma de sus captores, puede entender perfectamente las últimas palabras que oirá:
—¡Que Alá tenga piedad de este desgraciado!
